martes, 4 de junio de 2024

LA ÚLTIMA TILDE NO ADMITE EXCEPCIONES

          En un monte próximo a Cafarnaúm, Jesús, viéndose rodeado de gente de Galilea, Judea, Decápolis, Jerusalén, Transjordania y hasta de Siria, levantó la voz para exponerles el conocido Sermón de la Montaña. Cuando terminó, y como final, animó a la multitud a hacer buenas obras y a dar gloria a Dios Padre para alcanzar la bienaventuranza.

Para los desmemoriados, para los confiados y para los que se creían intocables, advirtió que la Ley había que cumplirla: «No creáis que he venido a abolir la Ley y los Profetas, sino a dar plenitud», y para evitar malentendidos advirtió «Os digo que antes pasarán el cielo y la tierra que deje de cumplirse hasta la última letra o tilde de la ley», y puso unos ejemplos. El que incumpla el No matarás, será reo de juicio, pero el que tenga queja de su hermano, tiene que reconciliarse con él; el que mire a una mujer deseándola, ya comete adulterio en su corazón; el que jure en falso, está perdido.

El Eclesiástico orienta cómo cumplir la Ley: El que teme al Señor alcanza la sabiduría. Si se apoya en ella, no vacilará y no quedará defraudado. La sabiduría jamás la alcanzarán los insensatos, ni la verán los pecadores. La alabanza a Dios se proclama con sabiduría, Él es quien la inspira, para guardar sus mandamientos y ser fieles a su voluntad.

El cielo se gana practicando “el amor a Dios y al prójimo”; esta es la Ley con todas sus letras. Se ama a Dios o no se ama, se ama al prójimo o no se ama. No cuando convenga o solo a ratos. No hay excepciones ni excusas que justifiquen lo contrario

San Pablo en la carta a los Gálatas expone: “Hermanos, habéis sido llamados a ser hombres libres, pero procurad que la libertad no sea un pretexto para dar rienda suelta a las pasiones, antes bien, servíos unos a otros por amor”. Y a los de Éfeso les escribe: “Malas palabras no salgan de vuestra boca, que vuestro hablar sea bueno, constructivo y oportuno: así haréis bien a los que os oyen. No irritéis al Espíritu de Dios...: nada de rencores, coraje, cólera, voces ni insultos; desterrad eso y toda ojeriza. Sed serviciales y compasivos unos con otros”. (Ef.4, 29-32).

Si Dios es misericordioso, también el cristiano ha de ser misericordioso, mostrándose cercano al prójimo en sus necesidades corporales y espirituales.

José Giménez Soria

sábado, 11 de mayo de 2024

VIVIR COMO SI DIOS NO EXISTIERA

          Los días de Pascua nos recuerdan que todo lo que está muy bien tiene sentido                   porque Dios pensó un día en cada uno de nosotros, otro día murió también por                 cada uno de nosotros y al tercero, resucitó.

Está muy bien viajar a África para implicarse en la construcción de pozos para las familias que no tienen la posibilidad de ofrecer una vida digna a sus hijos. 

Está muy bien estudiar una carrera o un oficio para labrarse un futuro profesional que permita mantener a la descendencia.

Está muy bien veranear en un lugar donde los niños correteen en medio de la naturaleza y se pueda descansar del frenesí laboral y de los equilibrios que se hacen durante el año para conciliar familia y trabajo.

Está muy bien ser atento con el prójimo, ya sea dándole alimento, posada, conversación o una buena atención si entra a comprar en nuestro comercio.

Está muy bien no matar y no robar. Sobre todo, si aquellos a quienes se mata o roba son inocentes que no pueden defenderse, sea el niño por nacer o el trabajador contratado.

Está muy bien hacer cosas que están bien, teniendo siempre a Dios presente, aunque tengamos que violentar nuestro egoísmo.

Todo eso está muy bien pero no pensemos que es suficiente. Los días de Pascua nos recuerdan que todo lo que hacemos bien tiene sentido porque Dios pensó un día en cada uno de nosotros, otro día murió también por cada uno de nosotros y al tercero, resucitó.

Y sin esto último, si no hubiera resucitado, no solo sería vana nuestra fe, como dice el Apóstol, sino que nuestra existencia sería absolutamente miserable.

Vivamos pues sabiéndonos hijos del Resucitado. Si nos miramos a nosotros mismos y vivimos pensando que somos la medida de todas las cosas y que todo es gracias a nosotros, al final nos acabaremos convirtiendo en unos miserables y ya nada de todo aquello que estaba bien, lo estará.

Vivir como si Dios no existiera, aparentemente puede parecer que está muy bien, pero acaba arruinando las vidas más exitosas.

Jaume Vives. Periodista

viernes, 19 de abril de 2024

LA OMNIPOTENCIA DE DIOS

«El mundo no conoció a Dios por el camino de la sabiduría, sino por la predicación para salvar a los que creen. los judíos exigen signos, los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles; pero para los llamados —judíos o griegos—, un Cristo que es fuerza de Dios y sabiduría de Dios» (1Cor 1, 21-24).

Nosotros cargamos con la idea de Dios que Jesús vino a cambiar. Podemos hablar de un Dios espíritu puro, ser supremo, etc., pero ¿cómo podemos verlo en la aniquilación de su muerte en la cruz?

Dios es omnipotente, pero ¿qué tipo de omnipotencia es la suya? Frente a las criaturas humanas, Dios no puede imponerse. No puede hacer otra cosa que respetar la libre elección de los hombres. Y así el Padre revela su omnipotencia en su Hijo que se arrodilla ante los discípulos para lavarles los pies; en su Hijo que, reducido a la impotencia de la cruz, continúa amando y perdonando, sin condenar jamás.

La verdadera omnipotencia de Dios es la impotencia total del Calvario. ¡Qué lección para nosotros que siempre queremos destellar! ¡Qué lección para los poderosos de la tierra! Para aquellos que no piensan ni remotamente en servir, sino sólo en el poder por el poder; aquellos – dice Jesús – que “oprimen al pueblo” y “se hacen llamar bienhechores” (Mt.20,25; Lc.22,25).

El triunfo de Cristo en su resurrección ¿no anula esta visión, reafirmando la invencible omnipotencia de Dios? ¡Hubo, por supuesto, un triunfo en el caso de Cristo, y un triunfo definitivo! La resurrección ocurre en el misterio, sin testigos. Su muerte fue vista por una gran multitud y participaron las más altas autoridades religiosas y políticas. Una vez resucitado, Jesús se aparece sólo a unos pocos discípulos, fuera del foco de atención. Con esto quería decirnos que después de haber sufrido no debemos esperar un triunfo externo, visible, como la gloria terrenal. El triunfo se da en lo invisible y es de orden superior porque es eterno. Los mártires de ayer y de hoy son testigos de ello.

El Resucitado se manifiesta en sus apariciones de manera suficiente para dar un fundamento sólido a la fe, a quienes no se niegan a creer. No aparece entre ellos para demostrarles que están equivocados. Se comporta humildemente en la gloria de la resurrección como en la aniquilación del Calvario. La preocupación de Jesús está en tranquilizar a sus discípulos desmayados y, antes que ellos, a las mujeres que nunca habían dejado de creer en Él.

Acojamos la invitación que Jesús dirige al mundo desde lo alto de su cruz: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré” (Mt 11, 28). Aquel que no tiene una piedra sobre la que apoyar su cabeza, que ha sido rechazado por los suyos y condenado a muerte, se dirige toda la humanidad, de todos los lugares y de todos los tiempos, y dice “¡Venid a mí todos y yo os aliviaré!”

¿Quién nos separará del amor de Cristo?, ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada? […]. Pero en todo esto vencemos de sobra gracias a aquel que nos ha amado. Pues estoy convencido de que ni muerte, ni vida, ni ángeles, ni principados, ni presente, ni futuro, ni potencias, ni altura, ni profundidad, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor. (Rom 8, 35-39)

Cardenal Raniero Cantalamessa
Homilía del Viernes Santo 29 de marzo de 2024.
Texto reducido

jueves, 4 de abril de 2024

ARTE SACRO EN SEMANA SANTA

En el arte sacro se percibe la huella de Dios.

Ha pasado la Semana Santa con sus imágenes y sus símbolos sagrados dando esplendor al culto cristiano. Esto será así, siempre que muestren dignidad y belleza y no atenten contra la doctrina Evangélica.

Desde muy antiguo el arte sacro constituye un patrimonio puesto al servicio del culto divino. Una catedral, una iglesia, una capilla, una imagen, una pintura, un estandarte u otro símbolo sagrado, debe estar en consonancia con la fe del creyente. Las obras de arte sacro que expresan la belleza divina guían al hombre hacia Dios, por lo que requieren una buena dosis de inspiración religiosa por parte del artista.

En Cuaresma y Semana Santa es el tiempo propicio para hacer visible el arte sacro. Los templos y las calles se llenan de Imágenes Sagradas escoltadas por estandartes, ciriales, guiones, faroles, cruces y otros símbolos, siguiendo una tradición secular. Las manos del artista contribuyen a exaltar el misterio de la Pasión del Señor. Unos con más acierto que otros, pero todos con igual grado de fe, se han inspirado para que su obra y su propio estilo, sea fuente de devoción y sea aceptada por el pueblo por su belleza y porque ayude a rezar. La obra que trasmite cercanía tiene un alto componente de fe.  Si falta la fe se trasmite a la obra.

El artista no puede idealizar una imagen o un símbolo sagrado a su capricho y ajeno a la realidad. Las imágenes y los símbolos nunca son irrelevantes. Una imagen “inventada” rehúye lo que representa el Misterio y alejará al pueblo fiel. La Imagen de Jesús crucificado con la cabeza inclinada refleja perdón; la Cruz simboliza Redención, y un puñal en el pecho identifica a la Virgen Dolorosa. Solo son tres ejemplos, porque hay más.

La Semana Santa se anuncia con un cartel que retrata la conmemoración de la Pasión del Señor Jesucristo. El cartel lleva plasmado cualquier escena de las horas trascurridas desde la Oración en el Huerto de Getsemaní hasta la Resurrección. Su hechura, su diseño, su forma y su color van más allá de su estética. Tratándose de la representación de un hecho real, cuyos personajes, Jesús y María, mostraban rasgos propios de la situación que padecían, sufrientes para más señas, no pueden idealizarse por mucha buena voluntad que tenga su autor. La imagen de Jesús será la propia de un hombre con más de treinta años que soportaba un cruel castigo, y la de María, la de una madre desconsolada e impotente ante la injusticia, que lloraba los padecimientos de su hijo.

Las obras de arte, tanto en Semana Santa como en los lugares de culto, proclaman la fe y crean un ambiente apto para la adoración y veneración. Las advocaciones de las Imágenes encarnan pasajes concretos y no admiten aditamentos que las desvirtúen. El arte sacro no debe tergiversar el impacto estético y espiritual de quienes lo contemplan.

José Giménez Soria

viernes, 22 de marzo de 2024

LONGINOS

Junto a la cruz de Jesús estaban su Madre, María la de Cleofás, María la Magdalena y Juan. Mandaba la centuria que custodiaba la cruz el centurión Abenádar y su hombre de confianza Casio. Jesús tuvo sed y le acercaron a la boca una esponja empapada en vinagre y cuando tomó el vinagre, dijo: «Todo está consumado», e inclinando la cabeza, entregó el espíritu. Los soldados quebraron las piernas a los dos ladrones, pero viendo que Jesús había muerto, Casio le traspasó el costado derecho con una lanza y cuando la retiró, al punto salió sangre y agua. 

Al expirar Jesús se oscureció el sol y se produjo un terremoto; tanto el centurión como Casio dijeron aterrorizados «Verdaderamente este era Hijo de Dios». Otros soldados impresionados se tiraron de rodillas y también gritaron. Abenádar montó a caballo y corrió para ver a Pilato quedando Casio al frente de la centuria. Según la tradición unas gotas de sangre y agua del costado de Jesús salpicaron en los ojos de Casio que se estaba quedando ciego y al instante quedó sano. Se apeó del caballo, se arrodilló y se puso a alabar al Señor en voz alta.

La lanza tenía varias piezas sujetas unas con otras, con la de arriba acabada en punta. Casio la llevó al palacio de Pilato y fue a éste a quien Nicodemo se le la pidió y accedió. Se convirtió en un objeto codiciado. En el año 615 la punta de la lanza fue depositada en la iglesia de Santa Sofía de Constantinopla. En 1492 la recuperó el papa Inocencio VIII y se supone que se conserva en el Vaticano.

Casio abandonó la milicia, fue bautizado por los apóstoles con el nombre de Longinos, término derivado de lanza, predicó como diacono en Cesárea de Capadocia donde contaba la Pasión que vivió como testigo ocular. Se cree que fue martirizado. La Iglesia celebra su fiesta el 16 de octubre.

Del libro “La amarga Pasión de Cristo”
Beata Ana Catalina Emmerich
 

jueves, 7 de marzo de 2024

CRISTIANISMO ESENCIAL

A diferencia de los fundadores de religiones, Jesús no es el mensajero de Dios, no es alguien que comunica la verdad. Buda, por ejemplo, enseña una doctrina, pero Cristo, no. No sólo hay que creer en lo que dice; hay que creerle a Él.

Estando próximo el comienzo de la Semana Santa se aconseja reflexionar sobre lo esencial del cristianismo, es decir, sobre quién es Jesús de Nazaret.

El cristianismo no es (al menos principalmente) una doctrina moral; en ningún caso, un mero sistema de prohibiciones y prescripciones. Los preceptos del Decálogo no son el resultado de la voluntad arbitraria e inescrutable de Dios dirigida exclusivamente a Israel. Su contenido puede ser conocido a través de la razón, de la naturaleza humana, ya que constituye una moral natural, una ley natural. La moral obliga a todos, incluidos quienes nunca han tenido noticia de la ley mosaica. Como afirma san Pablo en el capítulo 2 de su Carta a los Romanos, «pues siempre que los gentiles, que no tienen la ley cumplen los preceptos de la ley, son ley para sí mismos, ya que demuestran que tienen escrita en sus corazones la norma de conducta puesta en la ley, teniendo por testigo su conciencia».

Aunque el cristianismo no puede reducirse a una moral, sí que añade a esta moral natural unas exigencias que van más allá de ella, que la superan. No faltan ejemplos: el sermón de la montaña, la mansedumbre, el amor al enemigo, las palabras al joven rico: anda, vende todo lo que tienes, dalo a los pobres y sígueme. Todo esto puede ser imposible para el hombre, pero no para Dios. Sólo se puede alcanzar la excelencia moral con el apoyo de la gracia divina. Aquí entramos ya en el ámbito de la fe, de la razón creyente. El cristianismo propone una heroica moral sobrenatural.

Si el cristianismo no es nada de esto, entonces ¿qué es?, ¿cuál es su esencia?, ¿quién es Jesús de Nazaret? Guardini afirma que lo que constituye la esencia del cristianismo es peculiar y exclusivo de él, no se da en ninguna otra religión. A diferencia de los fundadores de religiones, Jesús no es el mensajero de Dios, no es alguien que comunica la verdad. No sólo hay que creer en lo que dice; hay que creerle a Él. Es el camino, la verdad y la vida. No muestra el camino; es el camino. No revela la verdad; es la verdad. No nos trae la vida; es la vida. Jesús no es un mensajero de Dios; es el mensaje. Nunca se había producido una identidad semejante entre una persona y la verdad. Ser cristiano no es sólo seguir a Jesús, no es imitar un modelo; es serlo, identificarse con él, ser Él. Abundan en los Evangelios las palabras de Cristo en este sentido.

Por eso, el cristianismo es mucho más que una cuestión de aceptar o no una verdad revelada. Nos sitúa ante un abismo y ante la posibilidad del escándalo. Si el cristiano vive de la Palabra, la Palabra, el «logos», Dios es Cristo, un hombre. La resurrección casi deviene algo natural, pues la verdad es inmortal. Lo esencial del cristianismo es una paradoja. ¿Es preciso decir que el cristianismo no es una teoría? El cristiano no se limita a seguir, a imitar a Cristo, sino que es en Cristo. Ser en Jesús de Nazaret. En esto consiste ser cristiano.

Ignacio Sánchez Cámara
Doctor en Derecho

martes, 20 de febrero de 2024

EL CUARTO MISTERIO

“Jesús sube al Calvario con la Cruz a cuestas”.


Pilato lo sentenció y mandó que lo crucificaran: "Tomaron a Jesús, y él cargando con su cruz, salió hacia el lugar llamado Calvario, que en hebreo se llama Gólgota, y allí, le crucificaron" (Jn.19, 16-18). Esto da luz al Cuarto Misterio Doloroso.

La Imagen de Jesús Nazareno con la Cruz a cuestas es una de las devociones más arraigadas entre las Cofradías Penitenciales. “Desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano”. No en vano, la subida de Jesús hacia el Calvario encarna la plenitud del Misterio de la Cruz.

Mediado el siglo XVI las Cofradías de Jesús Nazareno notaron la gran devoción que suscitaba la Imagen. Los fieles veían un Dios que sufría, y a la vez cercano, y el pueblo, en general, se identificaba con el Nazareno cargado con la Cruz como ejemplo de exaltación de la penitencia. Las expresiones barrocas de las tallas estimularon el gran apoyo popular en los dos siglos siguientes.

Fue la Orden de los Dominicos la que difundió la advocación del Dulce Nombre de Jesús ligada al misterio de Jesús cargado con la Cruz, e impulsó las Cofradías de Jesús Nazareno superando la Exaltación de la Vera Cruz. También los franciscanos, los agustinos, algunos gremios y la Escuela de Cristo propagaron igual devoción.

Siguiendo el Evangelio las reglas de las cofradías establecían que la estación de penitencia comenzaba el Viernes Santo al salir el sol. La Imagen Sagrada vestía prendas lisas y parcas, sin adornos, y su expresión era fiel al mensaje de la Pasión. Los nazarenos lucían hábitos de penitencia de color morado, los pies descalzos, rostros cubiertos con el capirote, y caminaban portando cruces, en silencio, o rezando “Eres nuestro auxilio y protector” (Sal.33). Se acentuó la fraternidad humana merced a una devoción que se extendía más allá de los límites de las creencias personales.

Venerar a la Imagen de Jesús con la Cruz a cuestas hace de escudo protector ante el dolor, la amargura o los sinsabores. Para los creyentes, y no creyentes, es el propio aliento de Dios que los alivia de sus pesares. El arte cristiano ha esculpido una Gracia que invita a implorar su protección.

Era normal que las Cofradías de Jesús Nazareno participasen activamente en los oficios de Semana Santa, en el Lavatorio, en el Vía Crucis, en el Monumento, en el Descendimiento, y en las procesiones recreaban el drama sacro en un ambiente de recogimiento, donde el “paso” de Jesús cargado con la Cruz era preeminente.

En este primer tercio del siglo XXI aun goza del prestigio alcanzado durante épocas pasadas. Superadas ciertas reticencias la presencia de Jesús cargado con la Cruz se asume con naturalidad pese a que los ritos de Semana Santa han cambiado. El rostro de Jesús se sigue reconociendo por el dolor de un hombre camino de la Cruz. Quién camina hacia el Calvario, es Dios hecho Hombre, despreciado y humillado, pero a la vez piadoso, clemente, misericordioso y protector. Loado sea.

José Giménez Soria

miércoles, 7 de febrero de 2024

DOMINGO POR LA MAÑANA

El fin de semana es el peor invento del hombre, salvando el domingo por la mañana, ideado por Dios para santificar la fiesta.

Entre semana, con los niños en el cole o en la guardería, tengo todo el ancho del día para trabajar, conversar con los amigos y apurar un café. El lunes pasa con la mirada perdida; el martes y el miércoles las rutinas se adueñan de las horas; la amanecida del jueves y el viernes es de otros mimbres. A este último algunos llaman san Viernes. El sábado tiene la ventaja de que no hay que madrugar, salvo que sea “puente” y haya que devorar kilómetros. Depende.

Aunque el lunes empieza a mejorar, no a tope todavía, el bofetón melancólico del domingo por la tarde todavía duele. El martes mantiene su estatus de segundón, salvo si cae en trece y entonces saca su artillería de día gafe, o sea de mala suerte.

Mantengo que el fin de semana es el peor invento del hombre, pero habría que salvar el domingo por la mañana que lleva aparejado su mandamiento de santificar la fiesta. Dejo aparte el domingo por la tarde, pues lo más probable es que ni siquiera sea domingo, sino un intento de octavo día engurruñado que envenena a quien tiene que atravesarlo para llegar al lunes.

Los domingos por la mañana son otra cosa, no madrugo, me levanto, desayuno en familia y no hago gran cosa, ni siquiera enciendo el ordenador. Preparo el desayuno a la chiquillería –pan con Nocilla– y se inicia el protocolo de ir a misa.

Lo mejor para la salud de mi alma y de la de los feligreses, sería dejar los niños en casa porque en la iglesia alborotan, juegan en el confesionario y persiguen al limosnero hasta la sacristía para soltarle su euro; se mosquean con los del banco de atrás, se pelean a menudo o les da por llorar en mitad de la consagración. Pese a todo los llevamos para que se acostumbren y para que el catolicismo se les meta dentro. Luego, cuando lleguen a la juventud y por una cosa u otra dejen de ir a misa, noten en los domingos un hueco, una falta, una incómoda ausencia. Con la costumbre de hoy intentamos garantizar el remordimiento de mañana.

Además, aunque no tenga cantos y el sacerdote sea tan triste como la aciaga tarde que se nos viene encima, la misa dominical siempre irradia alegría como rayos la custodia. Y esa alegría armoniza con la chispeante y enternecedora vitalidad que los niños desparraman por defecto. Sales de la iglesia sin haberte enterado de nada, pero comulgado y más contento de lo que entraste. Estoy tentado incluso a decir que mi día preferido de la semana es el domingo por la mañana, el domingo-domingo. Eso sí, en caso de serlo, el martes estaría justo detrás, pisándole los talones.

José M. Contreras Espuny

viernes, 19 de enero de 2024

DORMIR BAJO UN TECHO DE CARTONES

Los mendigos nos resultan seres invisibles. La pobreza convive en las calles con el consumismo más derrochador; un contraste poco edificante.

Refiere un amigo madrileño que cuando baja a trabajar por la mañana, -aún está activo laboralmente-, ve a cuatro personas sin hogar dormitando en los mismos lugares. Uno con pinta de africano está arrebujado en lo que parece un saco de dormir remendado; más allá se encuentra una anciana con una bolsa donde guarda sus pertenencias, que le pide para un café. Un poco más lejos ve a un hombre que duerme metido en una caja de cartón y ya en las inmediaciones de su oficina hay una especie de campamento donde tres vagabundos están entretenidos ojeando un periódico gratuito que reparten en el metro. Para mi amigo es una rutina familiar y suele pasar de largo, o todo lo más le da un euro a la anciana.

Que haya gente que duerme en la calle en cajas de cartón, ocurre en muchas ciudades sin que los peatones les hagamos caso. Los soportales de los edificios cercanos a las estaciones del ferrocarril o de autobuses, son el refugio preferido para instalar sus techos de cartón amparados por la cubierta de esas galerías que les amortigua el frio y les libra de la lluvia, o bien se cobijan en el cuchitril de los cajeros. A algunos se les ve muy pobres, a otros desarraigados o sin familia, una situación de la que no se libra ninguna ciudad. No gozan de las preferencias de algún servicio municipal que practique la caridad. Para algunos políticos son un estorbo por su mala imagen. Los muy pedigüeños asiduos de las puertas de las Iglesias se benefician de las limosnas de los que acuden a Misa o a rezar.

Sin embargo, hay que decir que muchos de los que ocupan los soportales o los cajeros huyen de Caritas, de los asilos o de los albergues municipales – si los hay- porque prefieren vivir su libertad durmiendo al raso. Son poco dados a la disciplina y les disgusta estar encorsetados. Muchos transeúntes los socorren con unas monedas y van tirando. De día deambulan por las calles de la ciudad y con las monedas que recogen se apañan con un bocata, un cartón de vino o una lata de cerveza. A llegar la noche se ponen al resguardo de los cartones que recuperan de la noche anterior.

Sobre la ayuda a las personas necesitadas y sobre las obras de caridad, ya san Pablo escribió a los corintios “Lo mismo que sobresalís en todo -en fe, en la palabra, en conocimiento, en empeño y en el amor que os hemos comunicado- sobresalid también en obras de caridad. No os lo digo como un mandato, sino para comprobar, mediante el interés por los demás, la sinceridad de vuestro amor”. (2Cor.8,7-8)

Un buen cristiano no debe derrochar sus dineros y sí socorrer a esas personas.

J. Giménez Soria

miércoles, 3 de enero de 2024

ORAR LAS 24 HORAS DEL DIA

Echar una parrafada con Dios de vez en cuando, conforta. Es un buen propósito para hacerlo al empezar el año, y si no se encuentra una iglesia abierta, que puede ocurrir, se hace un alto en el lugar de trabajo, y vale. Dios escucha en lo escondido. 

Para facilitar este propósito en España hay más de 70 capillas de Adoración perpetua abiertas las 24 horas del día. Las más reciente se abrieron el año pasado en Fuenlabrada, Lucena, Herencia, Gerona, Madridejos y Málaga; y están previstas otras nuevas, como la de Vilassar de Mar, en Barcelona.

En la travesía de Belén, en el madrileño barrio de Chueca, hay una puerta que no llama la atención. Está frente a varias tiendas de accesorios y por la apariencia del edificio nada parece indicar que ahí se puede acudir a rezar las 24 horas del día todos los días de la semana. Sobre la puerta luce un cartel que dice: “Capilla `cachito de cielo´”.

El lugar, regido por las Misioneras del Santísimo Sacramento y María Inmaculada, siempre atentas y disponibles, es una capilla con mucho encanto, abierta las 24 horas, donde se lee “Jesús te espera” y se siente la presencia acogedora de Dios.

Justo Antonio Lofeudo, sacerdote de la diócesis de Orihuela-Alicante, explicó en el programa De par en par que la Adoración perpetua es como una respuesta al primer mandamiento de la ley de Dios: “Amarás a Dios sobre todas las cosas”.

Todas estas capillas están llevadas por laicos y se ubican en el centro de las ciudades para que cualquier persona pueda ir a estar con el Señor en cualquier momento del día o de la noche. En ellas se expone a Jesús Sacramentado los 365 días del año. En muchas, como en la malagueña del Carmen de Huelin, los adoradores se organizan por turnos para que siempre haya alguno. Los turnos son de una hora fija semanal, pero si no se puede acudir por alguna razón, los adoradores se ocupan de buscar quien cubra el hueco.

En un mundo lleno de problemas, estrés y ruido es difícil encontrar un espacio para desarrollar nuestra relación con Dios. Las capillas de Adoración perpetua son ese espacio donde se encuentra paz y donde escuchar las respuestas del Señor.

Clara González
Redactora de Religión y Graduada en Historia
y Periodismo por la Universidad San Pablo CEU