jueves, 9 de enero de 2020

DIOS Y EL MAL EN EL MUNDO

Reflexión desde la fe

         Muchas personas, incluso cristianos, no encuentran la manera de entrelazar ambos conceptos. En su incapacidad se atreven a prejuzgar a Dios… no lo hace bien, no es justo. ¿Cómo puede Dios permitir el mal que existe en el mundo?

          Dios es la suma de la perfección…, la infinitud saboreada en amor. El hombre, rechazó el proyecto divino desde su origen. Se antepuso a Dios y se encontró con la cruda realidad: incapaz de realizar “su proyecto al margen de Dios”, quedó instalado en el sufrimiento, en el dolor, en el mal, contagiando a todas las creaturas. Tuvo conciencia de su indignidad cuando sus obras desembocaban en el pecado. No sólo ofendía a Dios, sino que de espaldas a su creador, erraba, quedaba frustrado...  Se percató de que estaba condenado; sólo podía alumbrarse, con la esperanza.

Para que el hombre, que fue creado libre, pudiera retornar a Dios, su Hijo, a través de María, ¡se hizo hombre! Al encarnarse Jesús, el Cristo, de la misma naturaleza que el hombre, pero sin mal y sin pecado, nos redimió, dejó su Palabra y trazó un camino para que el hombre, con las capacidades que Dios le donó, trascienda a la verdad y llegue a la vida eterna.  Así queda restaurado el plan de Dios.
 
Dios pues no es autor del mal, pero haciéndose hombre sufrió sus consecuencias bajando al escenario del mal, a las tinieblas donde se encontraba.
 
¿Se puede argüir a Dios que por qué existe el mal frente a él, en el que se incrusta cualquier criatura cuando le da la espalda, ofendiéndole…?:

          1.- Dios es la infinita perfección, la santidad., el amor. Es un acto eterno de sabiduría infinita. Es una sola esencia-divinidad, en tres realidades distintas. El eterno e infinito ente. Fuera de él no hay nada.

           2.- Si sale de sí hacia fuera, es para trasladar a criaturas, potencia de su semejanza, hijos adoptivos, el disfrute de lo que él se es en la infinitud de su capacidad sin principio y eternamente de por sí. No son Dios, solo participan de su divinidad.

3.- Dios tiene, se posee, todos los atributos, y en infinitud. Su justicia pues, es también infinita, como su amor y poder.
 
4.- Se cumple eternamente su voluntad, su palabra: El plan que elaboró para el hombre, que sea la herencia para todo aquél que le reciba como padre, santificando su nombre con sus obras, las que son dignas de su filiación.

Evidentemente el plan de Dios no es que sea irreprochable, sino que es santo, es perfecto, obra de la infinitud de su sabiduría, poder y amor; derramándose sobre el hombre como un todo, en luz, en vida y en eternidad. Creímos hacerlo imposible los hombres, por el mal uso de nuestra libertad, por el pecado; pero se mantiene por que la palabra de Dios se cumple y su poder es omnímodo, absoluto, aunque tuvo que hacerse hombre para redimirnos, dejarnos su Palabra, y establecer su camino, de vida y de verdad.
 
Ahora estamos convocados a un camino en luz, a peregrinar hacia el encuentro del padre celestial para tomar posesión de lo que tiene programado desde toda la eternidad. El Señor solo pide seguir su camino, que su evangelio active la caridad, que imitemos su amor realizando en la tierra, en la medida de la capacidad y de las gracias recibidas, el mismo misterio de unidad al que, en su reino, nos convoca.
 
Gerardo Nieto
Profesor de Derecho Civil, UCM, sacerdote
                                                                                  Extracto del artículo publicado en AFDA. Octubre 2019

martes, 3 de diciembre de 2019

JOSÉ, CON SU FAMILIA EN EGIPTO

       Los hermanos de José con los sacos lleno de trigo, volvieron a Canaán y le contaron a Jacob lo sucedido. Al oír Jacob que tendrían que volver a Egipto con Benjamín, exclamó “¡Me vais a dejar sin hijos!”, pero cedió y ordenó preparar regalos para “aquel hombre” -no sabía que era su hijo José- y así bajaron a Egipto a comprar trigo y se presentaron a José, se postraron ante él y le ofrecieron los regalos. Cuando éste vio a Benjamín preguntó: “¿Es éste vuestro hermano menor?” y “Está bien vuestro anciano padre? ¿Vive aún?”. Contestaron: “Tu servidor, nuestro padre está bien; vive todavía”. Entonces salió y se puso a llorar. Al volver ordenó servir la comida que había mandado hacer y todos sentados por orden desde el primogénito al menor, se miraban asombrados.

        Marcharon de nuevo con los sacos llenos, pero José hizo registrar el saco de Benjamín donde se encontraba su copa de plata previamente escondida. Fue un ardid para acusar a Benjamín y retenerlo como esclavo. Los demás se echaron a tierra y rogaron a José que dejara ir al muchacho porque su padre se hundiría en las penas del abismo si no volvía con ellos. A cambio Judá se ofreció a quedarse como su servidor en lugar de Benjamín. José no pudo contenerse y los mandó salir, entonces rompió a llorar fuerte de modo que los egipcios lo oyeron. 

José de nuevo con sus hermanos dijo: “Yo soy José, ¿vive todavía mi padre?”. Ellos quedaron perplejos y le oyeron decir: “Acercaos, soy vuestro hermano; no os pese haberme vendido, porque Dios me envió delante de vosotros para aseguraros supervivencia en la tierra y salvar vuestras vidas. Id a donde se encuentra mi padre y bajad con él. Habitará en la tierra de Gosén y estará cerca de mí con sus hijos y nietos y con todo lo que posea, pues tengo toda autoridad en Egipto”. Se abrazó a Benjamin y les urgió regresad a Canaán y que volvieran con su padre y sus familias.
 

La noticia de todo esto llegó a oídos del faraón, quien también dijo a José que sus hermanos cargaran sus asnos, regresaran a su tierra y volvieran que les daría lo mejor de la tierra de Egipto, y que tomaran carros para transportar los niños, las mujeres y a su padre. Así lo hicieron los hijos de Jacob y cuando llegaron le comunicaron que José vivía y gobernaba en todo Egipto. Se le encogió el corazón y cuando recobró el aliento dijo que iría a verle antes de morir.
 

Los hijos de Jacob montaron a su padre con los niños, las mujeres y todos sus descendientes en los carros, tomaron el ganado y sus posesiones y emigraron a Egipto. Al llegar a Gosén Jacob se encontró con José que lo esperaba; ambos se abrazaron y lloraron. Jacob dijo entonces: “Ahora puedo morir contemplando tu rostro y ver que vives todavía”. 

Jacob, -Israel- se estableció en Gosén donde adquirió muchas propiedades y fue fecundo. En Egipto vivió diecisiete años y toda su vida duró ciento cuarenta y siete años. Viendo cercano el fin de sus días pidió a José que cuando muriese lo sacara de Egipto y lo enterrara en la sepultura de sus padres.  

Al enfermar Jacob quiso bendecir a los hijos de José Efraín y Manasés y así lo hizo. Luego llamó a sus doce hijos y les contó lo que les iba a suceder en el futuro uno a uno.  “Dios estará con vosotros y os llevará de nuevo a la tierra de vuestros padres”, les dijo. Terminó de darles instrucciones, los bendijo y expiró.
 
         Los doce hijos de Jacob son las doce tribus de Israel.
 

José habitó en Egipto con la familia de su padre; vivió ciento diez años, edad a la que murió y fue embalsamado y colocado en un sarcófago en Egipto.  
 

José Gimenez Soria

sábado, 9 de noviembre de 2019

JOSÉ, VENDIDO POR SUS HERMANOS

         Jacob conoció a Raquel hija de Labán y se enamoró de ella. Para ganarse el favor de Labán trabajó siete años en casa de éste al cabo de los cuales cohabitó con ella. Pero pasaba el tiempo sin tener un hijo de Jacob y rogó a Dios que le hiciese fecunda. Dios la atendió e hizo fecundo su seno. Ella concibió y tuvo un hijo al que llamó José.

José se convirtió en el preferido de Jacob y por eso lo odiaban sus hermanos, los demás hijos de Jacob de otras mujeres. José tenía sueños que hacían predecir su futuro: sobresalía por encima de su padre y sus hermanos, y estos, movidos por la envidia, planearon matarlo mientras pastoreaban con el ganado en Siquén, en el valle de Hebrón. Pero Rubén no quería derramar sangre y lo echaron en un pozo sin agua. Judá propuso venderlo a unos ismaelitas de una caravana que iban de Galaad hacia Egipto. Así lo hicieron y le dijeron a su padre Jacob que lo había devorado una fiera. Éste, apenado, guardó luto muchos días deseando ver la tumba de su hijo.

Entretanto José fue revendido a Putifar, un egipcio cortesano del faraón que lo tomó por esclavo. El Señor estaba con José y todo le salía bien. Su dueño vio que hacía prosperar su negocio y lo hizo mayordomo de su casa, confiándole cuanto tenía.

La mujer de Putifar viendo que José era guapo y esbelto, quiso acostarse con él sin conseguirlo. Insistió pero fue en vano, hasta que un día que estaban solos ella le arrancó su manto y se puso a gritar que la había obligado a acostarse con él. La oyeron los criados y su marido, que mandó prender a José y meterlo en la cárcel.

Pero como el Señor seguía con él, el jefe de la cárcel le dio su confianza porque hacia todo lo que le encomendaba. Por una culpa cometida contra su señor, fueron a la cárcel dos servidores del Faraón, también confiados a José. Ambos tuvieron dos sueños interpretados por José; uno saldría de la cárcel en tres días y el otro sería decapitado, como así fue. El primero siguió al servicio del Faraón y nunca se acordó de interceder por José como este le había rogado.
 
Dos años después el faraón tuvo dos sueños que ningún sabio ni adivino supieron interpretar. Fue cuando aquel servidor se acordó de José, lo comentó al Faraón y lo mandó traer. Una vez en su presencia el Faraón habló a José de sus sueños. Éste le dijo que era Dios quien le daría respuesta favorable. El Faraón soñó primero con siete vacas hermosas y gordas que subían del Nilo, y detrás con otras siete vacas escuálidas y flacas que devoraron a las gordas. Soñó después con siete espigas granadas y lozanas y con siete espigas raquíticas que devoraron a las otras. Oídos los sueños José dijo que era un solo sueño: Las siete vacas gordas y las siete espigas lozanas significaban siete años; las siete vacas flacas y las siete espigas escuálidas significaban siete años de hambre. Los siete primeros años serán de abundancia, luego vendrán años de hambre. José se atrevió a aconsejar al Faraón que buscara un hombre sabio que almacenara víveres en los años buenos, como reserva para los años malos.

El faraón nombró a José gobernador de su casa y le puso en el cuello un collar de oro. Durante siete años José recorrió todo Egipto recogiendo y almacenando víveres en las ciudades. Tomó por mujer a Asenat, hija de Putifar, de la que nacieron dos hijos Manasés y Efraín.

Al cabo de siete años de abundancia comenzaron los siete años de hambre como José había dicho. El hambre llegó a todos los países, Canaán incluido, pero en Egipto hubo pan. José distribuía el grano e incluso vendía a otros países.
 
Supo Jacob que se vendía grano en Egipto y mandó a diez de sus hijos a comprarlo. El menor, Benjamín, se quedó con su padre. Salieron los hijos de Israel, Jacob, junto con otros de Canaán y al llegar a Egipto y ver a José se postraron ante él sin reconocerlo. José sí los reconoció pero los trató como espías. Le contaron que eran doce hermanos, de los que uno no vivía y el menor quedó con su padre. José para comprobar que decían verdad, les ordenó que fuese uno de ellos a por su hermano menor y lo llevase a su presencia. Después los metió en la cárcel tres días, al cabo de los cuales les dijo que “temía a Señor y si eran sinceros que solo uno se quedara preso y los demás llevaran el grano a su familia y volvieran con el hermano menor”. Finalmente fue Simeón quien se quedó preso. (Continuará)

miércoles, 9 de octubre de 2019

EXCELENCIAS DE LA SANTA MISA

La Santa Misa rememora, hay que recordarlo, el sacrificio de Jesús Nazareno como expiación por los pecados de los hombres. Es el sacramento de la Redención, un acto de culto a Dios, obligatorio el Día del Señor, el domingo.

Además de servir para adorar a Dios, las personas que asisten a la Santa Misa se ven enriquecidas por una suerte de excelencias que Dios les concede. Los santos, cada uno en su tiempo y a su manera las han resumido así:  

Primera. La Santa Misa da fuerzas al alma para batallar contra los enemigos. Acrecienta el fervor de la caridad y da valor para sufrir adversidades. Santo Tomás de Aquino.

Segunda. El que “vive” devotamente la Misa, merece más que si hiciera una costosa y sacrificada peregrinación, como en los siglos pasados y diera todos sus bienes a los pobres. San Bernardo.

Tercera Si quien asiste a la Misa reflexiona sobre su valor infinito y tiene intención de glorificar a Dios, mediante el ofrecimiento del sacrificio de Jesucristo, merece más que si ayunara a pan y agua todo el año. San Alberto Magno.

Cuarta. Es el sufragio más eficaz para los difuntos según demostró San Vicente Ferrer, que ofreció treinta Misas por su hermana y voló del Purgatorio al Cielo.

Quinta. Más vale una Misa en vida, cuando se pueden aumentar nuestros méritos, que mil misas que se aplicaran después de la muerte. San Anselmo.

Sexta. Más honra a Dios una Misa, sobretodo si se comulga con la intención de amarlo infinitamente, que todas las demás obras por fervorosas que sean. Beato P. La Colombiere.

Séptima. Quien asiste con devoción a la Misa, alcanza grandes auxilios para no caer en el pecado mortal y no le faltará el sustento necesario para su cuerpo. San Agustín.

Octava. El Santo Sacrificio de la Misa, en el que queda Dios desagraviado de nuestros pecados, equivale a medicina para sanar enfermedades. San Cipriano.

Novena. Si un mujer embarazada asiste a Misa tomándose un pocos de molestia, como se la tomó la Virgen María viajando a Belén para dar a luz a Jesús, podrá obtener grandes auxilios en los dolores del parto. San Beda el Venerable.

Décima. Todos los días que uno asista a Misa devotamente se verá libre de grandes males y peligros de alma y cuerpo, a semejanza de como los israelitas se libraron del ángel exterminador porque untaron sus puertas con la sangre del cordero pascual, símbolo de Jesucristo.

miércoles, 25 de septiembre de 2019

JACOB

         Isaac le había dicho a Jacob «No tomes por mujer una cananea. Vete a casa de tu abuelo Betuel. Que Dios te bendiga, te haga fecundo, te multiplique y llegues a ser una multitud de pueblos» y lo bendijo.

Partió Jacob de Berseba en dirección a Jarán y al llegar a cierto sitio ya de noche, quiso descansar. Tomó una piedra que se puso por cabecera y se acostó.  Se durmió y soñó con una escalera que subía de la tierra al cielo y los ángeles sobre ella. En la cima estaba Dios que le dijo: «Soy el Dios de Abraham y de Isaac. Ésta es la tierra que daré a ti y a tu descendencia. Todas las naciones serán benditas por causa tuya. Te guardaré donde quiera que vayas, te haré volver a esta tierra y no te abandonaré hasta que cumpla lo que te he prometido». Jacob despertó sobrecogido y dijo: «Dios está en este lugar y yo no lo sabía». Tuvo miedo: «Que terrible es este lugar: nada menos que la casa de Dios y la puerta del cielo».

          Se levantó temprano y continuó viaje hasta que vio tres rebaños de ovejas junto a un pozo y se paró a hablar con los pastores. En esto apareció Raquel, hija de Labán, tío de Jacob por ser hermano de Rebeca, con las ovejas de su padre y se dio a conocer. Jacob habló a Rebeca de su parentesco y la besó. Ella se lo contó a su padre Labán y éste abrazó a Jacob y lo invitó a quedarse y a trabajar en su casa con un salario. Jacob que se había enamorado de Raquel dijo: «Te serviré siete años por Raquel» y Labán aceptó. Éste tenía otra hija, Lía, mayor que Raquel. Jacob sirvió siete años por Raquel, que le parecieron días, tan enamorado estaba.

          Al cumplirse el plazo Jacob pidió a Labán su hija para cohabitar con ella y Labán le dio a Lía porque era costumbre dar primero la hija mayor y se acotó con ella. Se dio cuenta Jacob y se sintió engañado, pero reclamó a Raquel con la que cohabitó.

         Lía se entristeció pero Dios la hizo fecunda y dio a luz a un hijo al que llamó Rubén. A éste siguieron Simeón, Leví y Judá. Al ver Raquel que no tenía hijos dio su sierva Bilá a Jacob para que cohabitara con ella, y nacieron Dan y Neftalí, y cuando Lía vio que no podía tener hijos dio su sierva Zilpa a Jacob, y nacieron Gad y Aser. Pero Lía tuvo dos hijos más de Jacob, Isacar y Zabulón, y una hija, Dina. Entretanto Raquel rogó a Dios que la hiciese fecunda y tuvo un hijo que llamó José. Después de nacer José Jacob decidió marchar con sus hijos a su tierra de Canaán con el ganado de su propiedad, no sin ciertos recelos por parte de Labán que obligaron a Jacob a huir con todas sus pertenencias.

          Jacob se encontró con Esaú, le presentó a Lía y Raquel y a sus hijos, le hizo regalos y se reconciliaron. Luego se fue a Siquén en la tierra de Canaán donde acampó, pero Dios le indicó que marchara a Betel donde construyó un altar y Dios le dijo: «Ya no te llamarás Jacob, tu nombre será Israel. Sé fecundo: de ti nacerán muchos pueblos. Te daré la tierra que di a Abrahán y Isaac para ti y tus descendientes». Raquel tuvo un hijo que llamó Benjamín, fue un mal parto que le causó la muerte. Fue sepultada en el camino de Éfrata, o sea Belén. 

José Gimenez Soria

viernes, 12 de julio de 2019

ISAAC


Abrahán tuvo dos hijos: Ismael e Isaac. Dios mandó a Abrahán sacrificar a Isaac como holocausto, relato conocido como “el sacrificio de Isaac”, un acto que no llegó a consumarse por designio divino.

         Cuando Isaac se hizo mayor, Abrahán confió a su criado más viejo ir a su tierra en busca de esposa para Isaac. El criado rogó a Dios una señal para acertar con la elegida: la encontraría junto a una fuente con un cántaro y le pediría de beber. Al llegar a Jarán vio a Rebeca, hija de Betuel el hijo de Milcá y Najor, hermano de Abrahán, que bajaba a una fuente con un cántaro. El criado le pidió de beber y ella le dio el cántaro; fue la señal. El criado se presentó a la familia, dio cuenta de su encargo y de la señal de Dios. Betuel dijo entonces: «El asunto viene de Dios. Ahí tienes a Rebeca, tómala y vete para que sea la mujer del hijo de tu amo».

          Murió primero Sara y más tarde Abrahán. A su muerte Dios bendijo a Isaac. 

A su vez Ismael, hijo de Abrahán y Agar, criada de Sara, tuvo doce hijos que fueron jefes de doce tribus que se extendieron desde Javilá, tal vez una región de Arabia, hasta Sur junto a Egipto.

Isaac tomó por esposa a Rebeca y con su amor se consoló de la muerte de su madre Sara. Se estableció en Guerar, tuvo cosechas y prosperó hasta hacerse muy rico. Su mujer era estéril y rogó a Dios por ella. Dios lo atendió y tuvieron dos hijos mellizos Esaú y Jacob. El primero que nació, Esaú, fue cazador, el preferido de Isaac; su hermano Jacob, más comedido, fue el preferido de Rebeca.  Antes de nacer Dios dijo a Rebeca: «Dos pueblos hay en tu vientre que al salir se dividirán y uno dominará al otro, el mayor servirá al menor». Dios anticipó la historia de los dos hermanos.  

Cuando Isaac envejeció perdió la vista. Quiso entonces bendecir a Esaú, el mayor, un ritual que lo convertía en cabeza de familia. Enterada Rebeca tramó una treta para que Jacob recibiese la bendición y logró su propósito. Al volver de caza Esaú se dio cuenta del engaño y rogó a su padre una bendición para él. Pero Isaac le respondió: «Le he constituido señor tuyo, le he dado por siervos a todos sus hermanos y le he concedido el trigo y el vino, ¿qué puedo hacer ya por ti hijo mío?». Esaú rompió a llorar e Isaac le dijo: «Lejos de la tierra fértil tendrás tu morada; vivirás de tu espada y servirás a tu hermano». El odio entre los hermanos obligó a Jacob a huir a Jarán.

«No tomes por mujer una cananea. Vete a casa de tu abuelo Betuel. Que Dios te bendiga, te haga fecundo, te multiplique y llegues a ser una multitud de pueblos» le ordenó Isaac y lo bendijo.

Pasado el tiempo Jacob volvió a la casa de su padre Isaac, en Mambré, en Quiriat Arbá, hoy Hebrón, donde también había residido Abraham. Isaac vivió ciento ochenta años, murió anciano y cargado de años, y fue a reunirse con sus antepasados. Sus hijos Esaú y Jacob le dieron sepultura.
 
José Gimenez Soria

sábado, 8 de junio de 2019

LITURGIA Y VIDA PARROQUIAL


Llega Pentecostés cincuenta días después de la Semana Santa y acaba el Tiempo Pascual. Han sido siete semanas dedicadas a los primeros tiempos de la Iglesia, a su nacimiento en Jerusalén, a su expansión por Antioquia, Éfeso, Atenas, Corinto, Roma y hasta el confín de la tierra. Los Apóstoles, con Pedro y Pablo a la cabeza, se dedicaron a proclamar las enseñanzas de Jesús y a bautizar a los creyentes que, a su vez, daban a conocer la doctrina cristiana.
 

Para dar testimonio de su labor misionera la Iglesia se organizó como institución; se erigieron templos como lugares de culto y se instauró la liturgia para «la celebración cristiana de la fe, usando gestos y palabras, por medio de los cuáles Dios santifica a los creyentes y éstos ofrecen culto a Dios». La liturgia, motor de la vida parroquial, es el orden y las formas con que se realizan las ceremonias de culto. Por ejemplo, la Eucaristía, que evoca la Pasión, muerte y resurrección del Señor, se celebra de acuerdo a las reglas del Misal Romano que contiene las ceremonias, las lecturas y las oraciones de la celebración. Igual ocurre con los demás sacramentos y otros actos solemnes.
 

La liturgia no solo afecta al celebrante o ministro, también a los fieles, que no son espectadores pasivos, pues participarán en todo el ceremonial siguiendo las reglas establecidas en cada caso. La presencia de Dios invita –obliga- a guardar unas formas, un decoro y un proceder correcto.
 

Si importantes son los gestos y las posturas del ministro, también son las de los fieles que deben ser observadas simultáneamente por todos los participantes. Estarán de pie, o sentados o de rodillas según el momento de la celebración o de la tradición que sea costumbre en el lugar donde se celebre. Al templo se acude a orar, y para facilitar el recogimiento es deseable que se guarde silencio. Un ornato sencillo contribuye a dar dignidad a la ceremonia y a la meditación.
 

En las procesiones también hay que prestar particular atención a la conducta personal o comunitaria. Es importante que el recorrido tenga continuidad, sin cortes ni paradas a destiempo. La  corrección en el vestido debe adecuarse al momento. El Vía crucis, como ejercicio piadoso de oración colectiva, se hace caminando con el mayor respeto posible.
 
Pero no todo es liturgia. La vida parroquial tiene que mejorar otros aspectos que ayuden a santificar a los creyentes. La apertura de los templos, la exposición del Santísimo o la confesión son algunos de ellos. Los templos son centros de culto, no parques temáticos para el turismo, y muchos católicos acuden a rezar o meditar ante el Sagrario o ante la Imagen de su devoción cuando sus ocupaciones lo permiten. Los horarios de apertura de los templos han de ser amplios, desde muy temprano hasta muy tarde para facilitar la oración personal en silencio a quienes les estimula la cercanía de Dios, o tienen costumbre pasar un rato con Él.
 

Todo católico sabe que en la confesión, o penitencia, los pecados son perdonados por el sacerdote-confesor. Aunque el perdón no entiende de lugares, lo normal es que se acuda a un sacerdote en un confesionario de una iglesia. Salvo ocasiones, cada vez cuesta más encontrarse el dúo confesionario-confesor dispuesto, y el penitente acaba en un rincón de la iglesia, contrito y sin poder confesar.
 

También en el templo la exposición y bendición con el Santísimo suele ser un acto comunitario con horario limitado. Lo deseable sería la exposición permanente de la Custodia en el centro del altar como un reclamo que invita a “visitarle” a cualquier hora del día, una actitud que, además de aliciente para la vida espiritual, muchos aprovechan para reflexionar sobre pasajes de la Biblia en presencia del Pan Eucarístico. 

 
     En resumen, si la Iglesia predica el misterio de Cristo y lo manifiesta con la solemnidad de la liturgia, el creyente debe encontrar facilidades para sentirse “socio” de una institución en permanente estado de servicio que tenga siempre las puertas de los templos abiertas de par en par, sea cual sea la hora.

José Giménez Soria

domingo, 5 de mayo de 2019

ADIOS A LAS TORRIJAS

Acabó la Semana Santa, con sus días de sol y lluvia según los sitios, y hubo que decir adiós a las torrijas. No hay pastelería que en ese tiempo santo se prive de dar gusto al paladar de sus clientes, ofreciéndoles unas exquisitas torrijas. La penitencia del momento no está reñida con una gula, venial en este caso, si se me permite la osadía, y no hay cristiano capaz de vencer la tentación y despreciar un buen bocado de ese apetitoso maná caído del cielo. Así pues, ¡vayan con Dios las torrijas!
 
Mientras decimos ese dulce adiós, o hasta el año que viene,  paso a paso transcurre el aleluya de la Resurrección que sucedió un domingo. No hay momento ni rezo que desde “ese tercer día” no se cante el “aleluya”, un rito, un término que traducido del hebreo significa ¡Alabad a Yhavé! ¡Alabad a Dios! Es una expresión de alegría por saber que Cristo ha resucitado. Y si Cristo ha resucitado y la tumba está vacía y muchos lo vieron, se ha consumado la Redención y hay que alegrarse.


Quien primero vio la tumba vacía fue María Magdalena. Subió al monte, se encontró con el sepulcro abierto y a un ángel que le advirtió que el Rabí había resucitado. Bajó a contárselo los demás y cuando volvió el ángel no estaba. Sin saber que hacer vio a un hombre al que preguntó abrumada si sabía algo del cuerpo sepultado. El desconocido dijo “¡María!” y entonces reconoció a Cristo.

Mas o menos el mismo día caminaban dos hombres hacia Emaús, a once kilómetros de Jerusalén y se les acercó un desconocido que andando a su paso se interesó por su conversación. Hablaban de lo sucedido en Jerusalén; le dijeron que a “uno de Nazaret al que tenían por un gran profeta había muerto crucificado, y ellos estaban creídos que liberaría a Israel, pero llevaba tres días enterrado y solo sabían por algunas mujeres que el cuerpo no estaba en el sepulcro y que un ángel les dijo que vivía”. El desconocido entonces les explicó lo que estaba escrito en las Escrituras sobre ese crucificado desde Moisés a los profetas. Cerca del pueblo los hombres lo invitaron a quedarse a cenar porque se hacía de noche. Fue durante la cena cuando el desconocido bendijo el pan, lo partió y se lo dio, y ese gesto bastó para que reconocieran que era Cristo, pero al instante desapareció. Los hombres azarados salieron de nuevo para Jerusalén para contar su encuentro. Su decepción inicial se tornó en esperanza renacida del Mesías liberador que esperaban.
 
Ni María Magdalena que lo confundió con un labriego, ni los caminantes de Emaús lo reconocieron a primera vista; tampoco Pedro, Tomás, Natanael o los Zebedeos que lo vieron en la orilla del Tiberiades mientras pescaban, advirtieron que era Él al principio. María Magdalena tubo que oír su nombre para reconocerlo; los de Emaús lo conocieron por el gesto de partir el pan; de los que pescaban solo Juan se atrevió a decirle a Pedro “Es el Señor”, tal era su desconcierto que no atinaban a creer en que había resucitado.

Jesús se hace presente con la luz de la mañana, está en tierra firme invitándonos a continuar su misión. Para identificarse con Él, igual que a Pedro, nos pregunta: “Hombre, mujer, ¿me amas?”.


José Giménez Soria

viernes, 5 de abril de 2019

PROCESO CONTRA JESUS


Hace unas semanas en la sección de Derecho de la Real Academia de Doctores de España (Madrid) tuvo lugar una mesa redonda sobre “El proceso a Jesús. Análisis bíblico, histórico y jurídico”, un tema siempre interesante sobre todo para ahondar en su aspecto jurídico. En el boletín Nazoreo de 2005 y 2006 don José Rodríguez Jiménez, Hermano Honorario de la Cofradía del Nazareno, cuya dilatada dedicación a la ciencia jurídica es notable, hizo unas reflexiones sobre esta materia afrontando la tarea con el respeto que le tiene a Jesús de Nazaret. Por su extensión, de lo tratado sintetizamos lo más destacado y así facilitar la comprensión del lector de este histórico proceso.

         La vida pública de Jesús trascurrió en Galilea y Judea. En Galilea reinaba Herodes Antipas y Judea estaba regida por Poncio Pilato, nombrado por Tiberio. El Sanedrín, o Consejo de Jerusalén, era el órgano de gobierno político-religioso del judaísmo que formaban los sumos sacerdotes, ancianos y escribas. El proceso contra Jesús ocurrió en Jerusalén, capital de Judea y centro religioso del judaísmo.

         Jesús soportó la beligerancia de la clase dirigente que no comprendió el mensaje de salvación del Reino de Dios y vio en riesgo sus privilegios. Las confrontaciones las narran los Evangelios y lo confirma lo que ahora sería una investigación previa para conocer la doctrina del Maestro y su respuesta popular. El Sanedrín tomó nota del  resultado de esa actividad; celebró tres reuniones en las que acordó la detención de Jesús y darle muerte, pero Nicodemo objetó que la Ley imponía la audiencia previa del reo y el conocimiento de los hechos, o sea, la sustanciación de un proceso justo.

La actitud desleal de Judas precipitó la orden de detención que se cumplió el jueves por la noche en Getsemaní. Los servidores del  Sanedrín y un grupo de soldados romanos llevaron a Jesús ante Anás. Este, muy hábil, lo interrogó y trató de obtener una declaración que comprometiese su doctrina. El proceso siguió su curso y Jesús fue conducido al Sanedrín en sesión nocturna y urgente, presidido por Caifás, que lo volvió a interrogar, pero Jesús calló. Como el Sumo Sacerdote conocía su doctrina le planteó su identidad mesiánica a lo que Jesús respondió afirmativamente con varias citas bíblicas. Esto bastó a Caifás y a los presentes que apreciaron un delito de blasfemia que el Levítico (24,16) condena a muerte por lapidación.

Con esta acusación los sumos sacerdotes y sus guardias condujeron a Jesús atado al  Pretorio, residencia de Poncio Pilato, titular de la jurisdicción. Éste les exigió que concretasen la acusación; no le bastó lo de malhechor. Especificaron tres cargos: alborotador, negar el tributo al César, y proclamarse Cristo-Rey. Pilato solo prestó atención al tercero, sin duda inquieto por situación política de Israel en el que le incumbía mantener el orden y la Ley, e interrogó a Jesús respecto a su realeza sobre el pueblo judío.  Se estableció un dialogo en el que Jesús habló de su Reino y de que había venido para dar testimonio de la Verdad. Pilato no encontró delito pero las acusaciones no cesaban.

Al saber que Jesús era galileo lo envió a Herodes Antipas que estaba en Jerusalén por la Pascua. El encuentro se caracterizó por el silencio de Jesús ante la curiosidad caprichosa de Herodes. De nuevo ante Pilato la muchedumbre exigía la crucifixión. De nada sirvió la liberación de Barrabás, la flagelación, la corona de espinas y el escarnio a su realeza, presentándolo como “Ecce Homo”.

           Ni los sumos sacerdotes ni sus seguidores se conmovían; arreciaban sus exigencias y advertían a Pilato que si lo soltaba no “era amigo del Cesar”. La invocación de la autoridad del César intimidó a Pilato y le movió a dictar sentencia injusta contra un inocente, lo que le ha marcado a través de los siglos. La redacción de la inscripción se redactó y colocó sobre la cruz en hebreo, latín y griego según la costumbre romana: "Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos". La denunciada realeza de Jesús y su mesianidad, fue la base de su condena y ejecución, por apreciarse que afectaba a la seguridad del Imperio, y a la autoridad y dignidad del César. Se estimó un delito de lesa majestad, acorde con el Derecho Romano aplicable. Pilato entregó a Jesús para que lo crucificasen, y se ejecutó la pena cruel y degradante que los romanos aplicaban a los esclavos y enemigos del Imperio.

miércoles, 6 de marzo de 2019

CENIZA


En el libro de Jonás se lee esto: Nínive era la capital del Imperio Asirio, situada en la orilla del rio Tigris. Dios dijo a Jonás: «Vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciales que su maldad ha llegado hasta mí». Pero Jonás no se apresuró y de nuevo Dios le dijo: «Ve a Nínive a predicar lo que yo te diga». Lo hizo Jonás y predicó así: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida». Los ninivitas creyeron, ayunaron y vistieron ropa de penitencia. Enterado el rey se despojó de manto real, se vistió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Dios tuvo compasión y no llevó a cabo su amenaza.

Este relato es ilustrativo del porqué la ceniza es signo de penitencia.

         El Miércoles de Ceniza se celebra cuarenta días antes del Domingo de Ramos, día que comienza la Semana Santa. Su fecha varia cada año por la misma razón que la Pascua de Resurrección, que se festeja el domingo siguiente de la primera luna llena del equinoccio de primavera según decretó el Primer Concilio de Nicea en el 325 d.C. De ahí que este miércoles oscile entre el 4 de febrero y el 10 de marzo.

Aunque la imposición de la ceniza se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, fue en el siglo XI cuando Roma impuso el rito de la ceniza al iniciar la Cuaresma. La ceniza es un símbolo. Según el artículo 125 del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, “El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Este gesto la Iglesia lo conserva como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles que acuden en gran número a recibir la ceniza a que capten su significado interior, el que abre a la conversión y a la renovación pascual”.

          Como signo de humildad, la ceniza recuerda el origen del hombre, «Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo» (Gn.2,7), y su final, «Comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado, pues eres polvo y al polvo volverás» (Gn.3,19).
 
La ceniza que se usa este día procede de haber quemado los restos de las palmas del Domingo de Ramos del año anterior. Se rocía con agua bendita e incienso y se impone en la frente haciendo la señal de la cruz mientras el celebrante dice: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o bien «Conviértete y cree en el Evangelio». Después se pueden dedicar unos minutos a la meditación.

         No es obligatoria la imposición de ceniza, pero si recomendable para que los creyentes inicien la Cuaresma con un ejercicio de valor penitencial, prólogo del gran misterio de la Semana Santa.

lunes, 11 de febrero de 2019

ABRAHAM

          Nos habíamos quedado en el diluvio. En Noé empieza la nueva humanidad y de Sem, el hijo mayor, nacería la genealogía que alcanza a Abrán.
 
         Abrán se casó con Saray y Dios lo llamó y le mandó ir a la tierra que Él le mostraría: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré y haré famoso tu nombre», le dijo. Abrán creyó, obedeció a Dios y marchó con Saray y su sobrino Lot hacia la tierra Canaán; la atravesó hasta llegar a Siquén donde Dios se le apareció de nuevo y le dio esa tierra. Abrán entonces levantó un altar en honor a Dios.
 
Pasado el tiempo sobrevino una gran hambre que obligó a Abrán y Saray a huir a Egipto donde fueron recibidos por el faraón que los trató muy bien en atención a Saray que era muy bella. Abrán obtuvo ovejas, vacas, asnos, siervos y camellos, llegando a ser rico en ganado, plata y oro. Con ese bagaje se trasladó a Betel con Lot que también tenía ovejas y vacas, y Dios habló a Abrán: «Alza tu vista hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Ellos serán como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar a tus descendientes». Así fue como nació la tierra prometida; en ella se estableció junto a la encina de Mambré, en Hebrón.
Saray era estéril y no tuvo hijos. Esta dio a su sierva Agar a Abrán como esposa y tuvieron un hijo llamado Ismael. Pero Dios viendo a Abrán afligido le prometió que sería padre de una multitud de pueblos y le cambió el nombre: «Ya no te llamarás Abrán sino Abrahán (padre de muchas naciones). Te haré fecundo. Os daré a ti y a tus descendientes la tierra de Canaán como posesión perpetua, y seré tu Dios» y de Saray dijo: «Tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara; la bendeciré y te dará un hijo que llamarás Isaac y nacerán pueblos y reyes de naciones». Abraham intercedió por Ismael y Dios dijo: «Bendeciré a Ismael, lo haré fecundo, engendrará doce príncipes y haré de él un gran pueblo, pero mi alianza será con Isaac, el hijo que te dará Sara el año que viene por estas fechas»
Abrahán y Sara eran ancianos cuando nació Isaac en Guerar en la región del Negueb.  Pasaron los años y Dios puso a prueba a Abrahán: mandó que le ofreciera a Isaac en holocausto. Este relato es conocido como “el sacrificio de Isaac”. Abrahán estuvo  tentado a negarse, pero antepuso el amor a Dios al de su hijo y superó la prueba.
Murió primero Sara y después Abrahán. A su muerte Dios bendijo a Isaac. Ismael, hijo de Abrahán y Agar, tuvo doce hijos que fueron jefes de doce tribus que se extendieron desde Javilá, una región de Arabia, hasta Sur junto a Egipto.
José Gimenez Soria

sábado, 5 de enero de 2019

LIRIOS

           El lirio es una planta herbácea de tallo ramoso con flores muy llamativas de seis pétalos que según sus colores tienen su significado. Así el blanco simboliza inocencia, pureza y modestia; el anaranjado significa pasión y excitación; el lirio amarillo significa alegría, y el rosado simboliza juventud y regocijo. Son comunes en arreglos florales y en jardines.

“De colores se visten los campos en la primavera, de colores son los pajaritos que vienen de afuera”, dice una canción de Joan Báez. En Israel los lirios alegraban el paisaje. En cierta ocasión Jesús se refirió a ellos: «Fijaos como crecen los lirios, no se fatigan ni hilan; pero os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos» (Lc. 12, 27).
 
Uno le había preguntado cómo repartir la herencia con su hermano,  pero se negó a ser árbitro de la disputa. Pero viendo el apego al dinero de los presentes les dijo que la vida no depende de los bienes. Habló entonces a los que creen que solo los bienes materiales dan la felicidad, a los que ponen todo su afán en acumular riquezas y olvidan que la providencia de Dios cuida de nosotros. En esta época caracterizada por los deseos de poseer, bueno es recordar sus palabras: «No os inquietéis por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué  os vais a vestir, pues la vida es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido» (Lc. 12, 22-24)

Está empezando un nuevo año: saldrá el sol y se pondrá un día tras otro guiado por la mano del Todopoderoso; la naturaleza dará sus frutos, lloverá y nevará, y los lirios lucirán con el primoroso vestido que Dios les da. Llega la Epifanía, la fiesta de la generosidad de los Reyes Magos con el Niño Jesús y con la fantasía de los niños, una tradición familiar de regalos de los padres para sus hijos.
 
            Es hora de las buenas intenciones para el nuevo año y de los buenos propósitos. Dar de lado a las vanas preocupaciones, puede ser uno; no correr, la vida es corta y merece vivir cada hora como si fuese la última; disfrutar con la familia y practicar la amistad hace a uno más rico que un puñado de euros; no agobiarse con el sustento: observar los lirios, no se fatigan y da gloria verlos; rezar y leer la Biblia es un ejercicio diario relajante, y por último confiar en Dios: es mucho más digno de confianza que cualquiera.

José Giménez Soria 

lunes, 24 de diciembre de 2018

“LO ENVOLVIO EN PAÑALES Y LO RECOSTÓ EN UN PESEBRE”

         Vivía María en Nazaret sus últimas semanas de gestación cuando surgió un viaje inesperado. Cayo Octavio, el emperador Augusto, que había anexionado Israel como provincia romana, dictó un decreto mandando empadronarse en todo el imperio. Ello obligó a José y María a viajar a Belén para inscribirse. ¿Por qué Belén?  
 
         El decreto obligaba a empadronarse por familias por lo que José, de la familia de David,  debía ir a Belén, la ciudad de David, a unos 130 km de Nazaret. Además se cumpliría lo profetizado por Miqueas 700 años antes: “De ti, Belén, saldrá quien ha de gobernar en Israel”, una profecía cargada de esperanza mesiánica en unos tiempos duros y confusos.
 
         José y María partieron de Nazaret, en Galilea, cruzando Samaria a Belén, en Judea, en una caravana a donde llegaron al cabo de varios días de camino. El último tramo del viaje fue muy penoso para María que a ratos iba en burro o bien andando. En Belén les fue difícil encontrar posada y se acomodaron en un establo. Luego se inscribieron y pagaron el tributo sin problemas por ser de la estirpe de David.  

José dejó a María en el establo y fue en busca de alojamiento pero volvió afligido sin encontrarlo. En esto María salió de cuentas, llegaron los dolores del parto y dio a luz a su primogénito. Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, convertido en su primera cuna. Esto ocurrió en un establo, una especie de refugio para animales, en definitiva un lugar pobre.   
 
        Este nacimiento marca el inicio de una nueva era. En él Dios adopta la condición humana, “habitó entre nosotros” dice San Juan, y desde entonces el tiempo de la historia se cuenta antes de Cristo y después de Cristo. Trajo la luz y el privilegio de contemplar su gloria alumbrada desde la humildad de un pesebre: es la Navidad.  

La Navidad se celebra en nuestro mundo como una gran fiesta de alegría en la que no caben discriminaciones. Esta historia en la que Dios se hace niño sirve para que con nuestra creencia religiosa, la disfrutemos con holgura sin caer en la tentación de hacer de ella una fiesta frívola y descreída. La Navidad nació envuelta en pañales, no adornada con papel de regalo.  

El relato evangélico se enmarca dentro de la historia de aquella época. Jesús nació en un pueblo insignificante para la magnitud del imperio romano. Fue un  hecho real que tuvo lugar en el año 753 de la fundación de Roma, en el mandato de Cesar Augusto a quien el Senado le había otorgado el titulo de Imperator Caesar Augustus. El censo lo organizó su legado en Siria, Cirino, y en Judea reinaba Herodes el Grande, con sede en Jerusalén. Obligados por el decreto censal, José y María tuvieron que dejar su tierra para un viaje nada cómodo ni fácil con ella en situación de dar a luz. Si difícil fue el viaje, peor fue al llegar a Belén y ver que era un lugar extraño para ellos, pero Dios se sirvió de este acontecimiento para su plan salvador.

       El pequeño pueblo de Belén nos dejó el regalo de la Navidad, el acontecimiento que hace más de dos mil años se convirtió en cuna de nuestra civilización. Allí empezó a contar la era cristiana.
 
José Giménez Soria

viernes, 9 de noviembre de 2018

EL DILUVIO

         Tras la muerte de Abel, Adán y Eva engendraron a Set, su tercer hijo al que siguieron ocho generaciones que empezaron en Enós, descendiente de Set, y continuaron con Quenán, Malalel, Yared, Henoc, Matusalén y Lamec, que engendró a Noé. También  tuvieron más hijos e hijas que se multiplicaron sobre la tierra según las palabras de Dios: «Sed fecundos y llenad la tierra» (Gn. 1,28).

Con el tiempo creció la maldad y Dios lo vio, y se arrepintió de haber creado al hombre. Entonces decidió exterminarlo con un diluvio, pero se fijó en Noé, que era justo y honrado en una época en que la humanidad se había corrompido, y obtuvo el favor y la bendición de Dios incluso para sus hijos Sem, Cam y Jafet.

Dios habló a Noé y le mandó hacer un arca de madera para él, su familia y parejas de animales de todas las especies. Todos entraron en el arca y empezó a llover. Dice el Génesis (7,11) que «En el año setecientos de la vida de Noé reventaron las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo y estuvo lloviendo cuarenta días y cuarenta noches». El agua subió por encima de las montañas más altas y el arca flotaba sobre la superficie de las aguas. Y sigue el Génesis (7,21-22) «Perecieron todas las criaturas que se movían en la tierra: aves, ganados, fieras y cuanto bullía sobre la tierra y todos los hombres. Todo lo que exhalaba aliento de vida, todo cuanto existía en tierra firma, murió». Las aguas llenaron la tierra durante ciento cincuenta días al cabo de los cuales Dios sopló viento y el agua comenzó a bajar.

          El diluvio marcó el final de una era. Cuando la tierra se secó, Noé salió del arca, construyó un altar y ofreció un holocausto a Dios. Dios aceptó el sacrificio y dijo: «Nunca más maldeciré la tierra por causa del hombre, ni volveré a destruir a los vivientes como lo he hecho» (Gn.8, 21) y estableció una alianza con Noé y sus hijos: «Establezco mi alianza con vosotros; nunca volveré a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra» (Gn. 9,11). Dios restableció el orden de la creación y selló una paz duradera con el hombre con esa promesa. Después Noé vivió dedicado a la agricultura hasta un total de novecientos cincuenta años.

La tierra se repobló con los descendientes de los hijos de Noé cuyas familias se esparcieron por los territorios entonces conocidos. La genealogía de Adán a Noé continuó con los descendientes de Sem, el mayor de los hijos, que engendró a Arfacsad, éste a Selaj, éste a Eber, éste a Peleg, éste a Reu, éste a Serug, éste a Najor, éste a Teraj y éste a Abrán, a Najor y a Arán.

Adán representa a la humanidad creada por Dios y Noé a la humanidad salvada por Dios del diluvio. 
José Giménez Soria

miércoles, 10 de octubre de 2018

EL EDEN


En el principio Dios creó los cielos y la tierra, y dijo “¡Haya luz!” y hubo luz, siguió y así un día tras otro creó los seres vivientes y las plantas hasta llegar al hombre y a la mujer. Para ellos, Adán y Eva, plantó un jardín en Edén, al oriente, e hizo brotar toda clase de arboles hermosos para ver y buenos para comer, y en medio, el árbol de la ciencia del bien y del mal. Para distinguir este jardín sagrado de otros jardines reales la Biblia también lo llama jardín de Dios o del Señor (Gn.13, 10) (Ez.28,13 y 31,8) o jardín de Edén, traducción de “delicias” en hebreo. (Gn.3, 23)    
 

Edén es el nombre geográfico de un lugar ahora difícil de localizar, que tal vez significara estepa. El Génesis lo llama jardín, o “paraíso” en la versión latina y en la moderna, y da una pista sobre su ubicación. Dice: «En Edén nacía un rio que regaba el jardín, y desde allí se dividía en cuatro brazos: el primero se llama Pisón, el que rodea toda la tierra de Javilá donde hay oro. El segundo rio se llama Guijón, el que rodea toda la tierra de Cus. El tercero se llama Tigris y corre al este de Asiria. El cuarto es el Éufrates» (Gn. 2, 10-14)

             Los intentos para localizar el lugar exacto del jardín comenzaron por conocer la ubicación de los ríos. La del rio Pisón, Javilá podía ser una región de Arabia ((Gn. 10, 29), y la del Guijón Cus podía ser Etiopía, pero no están plenamente identificadas. Sin embargo son más conocidos y están localizados los ríos Tigris y Éufrates. El Tigris fluye a través de Siria, Turquía e Irak en el suroeste de Asia, primero hacia el este y luego hacia el sur. Se une al Éufrates y dan origen a un gran rio que desemboca en el golfo Pérsico. Entre ambos ríos se desarrolló Mesopotamia, su nombre significa “tierra entre ríos”, donde floreció la agricultura y fue cuna de una civilización antigua. Los  estudiosos de la Biblia han llegado a la conclusión de que el jardín del Edén estaba en algún lugar en esta zona en el conocido valle del río Tigris y el Éufrates. Es una hipótesis que puede ser fiable.
 

Otra teoría apunta a que la ubicación del Edén no se conozca con exactitud por la modificación de la orografía producida por el diluvio y por la supuesta voluntad divina de que no se localice el lugar donde el hombre cometió el primer pecado.
 

Desde la perspectiva de un creyente el jardín prueba la libertad que Dios creador dio a Adán y Eva poniendo a su disposición todo lo creado, reservándose únicamente el precepto de no comer los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. Mas Adán y Eva cayeron en la tentación, comieron y al instante se les despertó la conciencia y «descubrieron que estaban desnudos»” (Gn.3, 7). Habían roto la armonía existente entre ellos y Dios.  
 
           Avergonzados se ocultaron pero Dios los buscó y llamó a Adán, «¿Dónde estás?» y al verlo lo expulsó del jardín para que labrase la tierra: «Comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra porque de ella fuiste sacado» (Gn.3,19)

 
José Giménez Soria

sábado, 12 de mayo de 2018

NUEVO COMIENZO

Comentario al Evangelio de Marcos 16, 15-20
 

Los evangelistas describen con diferentes lenguajes la misión que Jesús confía a sus seguidores. Según Mateo han de «hacer discípulos» que aprendan a vivir como él les ha enseñado. Según Lucas, han de ser «testigos» de lo que han vivido junto a él. Marcos lo resume todo diciendo que han de «proclamar el Evangelio a toda la creación».

Quienes se acercan hoy a una comunidad cristiana no se encuentran directamente con el Evangelio. Lo que perciben es el funcionamiento de una religión envejecida, con graves signos de crisis. No pueden identificar con claridad en el interior de esa religión la Buena Noticia proveniente del impacto provocado por Jesús hace veinte siglos.

Por otra parte, muchos cristianos no conocen directamente el Evangelio. Todo lo que saben de Jesús y su mensaje es lo que pueden reconstruir de manera parcial y fragmentaria, recordando lo que han escuchado a catequistas y predicadores. Viven su religión privados del contacto personal con el Evangelio.

¿Cómo podrán proclamarlo si no lo conocen en sus propias comunidades? El Concilio Vaticano II ha recordado algo demasiado olvidado en estos momentos: «El Evangelio es, en todos los tiempos, el principio de toda su vida para la Iglesia». Ha llegado el momento de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde lo primero es acoger el Evangelio de Jesús.

Nada puede regenerar el tejido en crisis de nuestras comunidades como la fuerza del Evangelio. Solo la experiencia directa e inmediata del Evangelio puede revitalizar la Iglesia. Dentro de unos años, cuando la crisis nos obligue a centrarnos solo en lo esencial, veremos con claridad que nada es más importante hoy para los cristianos que reunirnos a leer, escuchar y compartir juntos los relatos evangélicos.

Lo primero es creer en la fuerza regeneradora del Evangelio. Los relatos evangélicos enseñan a vivir la fe no por obligación, sino por atracción. Hacen vivir la vida cristiana no como deber, sino como irradiación y contagio. Es posible introducir en las parroquias una dinámica nueva. Reunidos en pequeños grupos, en contacto con el Evangelio, iremos recuperando nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Hemos de volver al Evangelio como nuevo comienzo. Ya no sirve cualquier programa o estrategia pastoral. Dentro de unos años, escuchar juntos el Evangelio de Jesús no será una actividad más entre otras, sino la matriz desde la que comenzará la regeneración de la fe cristiana en las pequeñas comunidades dispersas en medio de una sociedad secularizada.

Tiene razón el papa Francisco cuando nos dice que el principio y motor de la renovación de la Iglesia en estos tiempos hemos de encontrarlo en «volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio».
José Antonio Pagola