viernes, 12 de julio de 2019

ISAAC


Abrahán tuvo dos hijos: Ismael e Isaac. Dios mandó a Abrahán sacrificar a Isaac como holocausto, relato conocido como “el sacrificio de Isaac”, un acto que no llegó a consumarse por designio divino.

         Cuando Isaac se hizo mayor, Abrahán confió a su criado más viejo ir a su tierra en busca de esposa para Isaac. El criado rogó a Dios una señal para acertar con la elegida: la encontraría junto a una fuente con un cántaro y le pediría de beber. Al llegar a Jarán vio a Rebeca, hija de Betuel el hijo de Milcá y Najor, hermano de Abrahán, que bajaba a una fuente con un cántaro. El criado le pidió de beber y ella le dio el cántaro; fue la señal. El criado se presentó a la familia, dio cuenta de su encargo y de la señal de Dios. Betuel dijo entonces: «El asunto viene de Dios. Ahí tienes a Rebeca, tómala y vete para que sea la mujer del hijo de tu amo».

          Murió primero Sara y más tarde Abrahán. A su muerte Dios bendijo a Isaac. 

A su vez Ismael, hijo de Abrahán y Agar, criada de Sara, tuvo doce hijos que fueron jefes de doce tribus que se extendieron desde Javilá, tal vez una región de Arabia, hasta Sur junto a Egipto.

Isaac tomó por esposa a Rebeca y con su amor se consoló de la muerte de su madre Sara. Se estableció en Guerar, tuvo cosechas y prosperó hasta hacerse muy rico. Su mujer era estéril y rogó a Dios por ella. Dios lo atendió y tuvieron dos hijos mellizos Esaú y Jacob. El primero que nació, Esaú, fue cazador, el preferido de Isaac; su hermano Jacob, más comedido, fue el preferido de Rebeca.  Antes de nacer Dios dijo a Rebeca: «Dos pueblos hay en tu vientre que al salir se dividirán y uno dominará al otro, el mayor servirá al menor». Dios anticipó la historia de los dos hermanos.  

Cuando Isaac envejeció perdió la vista. Quiso entonces bendecir a Esaú, el mayor, un ritual que lo convertía en cabeza de familia. Enterada Rebeca tramó una treta para que Jacob recibiese la bendición y logró su propósito. Al volver de caza Esaú se dio cuenta del engaño y rogó a su padre una bendición para él. Pero Isaac le respondió: «Le he constituido señor tuyo, le he dado por siervos a todos sus hermanos y le he concedido el trigo y el vino, ¿qué puedo hacer ya por ti hijo mío?». Esaú rompió a llorar e Isaac le dijo: «Lejos de la tierra fértil tendrás tu morada; vivirás de tu espada y servirás a tu hermano». El odio entre los hermanos obligó a Jacob a huir a Jarán.

«No tomes por mujer una cananea. Vete a casa de tu abuelo Betuel. Que Dios te bendiga, te haga fecundo, te multiplique y llegues a ser una multitud de pueblos» le ordenó Isaac y lo bendijo.

Pasado el tiempo Jacob volvió a la casa de su padre Isaac, en Mambré, en Quiriat Arbá, hoy Hebrón, donde también había residido Abraham. Isaac vivió ciento ochenta años, murió anciano y cargado de años, y fue a reunirse con sus antepasados. Sus hijos Esaú y Jacob le dieron sepultura.
 
José Gimenez Soria

sábado, 8 de junio de 2019

LITURGIA Y VIDA PARROQUIAL


Llega Pentecostés cincuenta días después de la Semana Santa y acaba el Tiempo Pascual. Han sido siete semanas dedicadas a los primeros tiempos de la Iglesia, a su nacimiento en Jerusalén, a su expansión por Antioquia, Éfeso, Atenas, Corinto, Roma y hasta el confín de la tierra. Los Apóstoles, con Pedro y Pablo a la cabeza, se dedicaron a proclamar las enseñanzas de Jesús y a bautizar a los creyentes que, a su vez, daban a conocer la doctrina cristiana.
 

Para dar testimonio de su labor misionera la Iglesia se organizó como institución; se erigieron templos como lugares de culto y se instauró la liturgia para «la celebración cristiana de la fe, usando gestos y palabras, por medio de los cuáles Dios santifica a los creyentes y éstos ofrecen culto a Dios». La liturgia, motor de la vida parroquial, es el orden y las formas con que se realizan las ceremonias de culto. Por ejemplo, la Eucaristía, que evoca la Pasión, muerte y resurrección del Señor, se celebra de acuerdo a las reglas del Misal Romano que contiene las ceremonias, las lecturas y las oraciones de la celebración. Igual ocurre con los demás sacramentos y otros actos solemnes.
 

La liturgia no solo afecta al celebrante o ministro, también a los fieles, que no son espectadores pasivos, pues participarán en todo el ceremonial siguiendo las reglas establecidas en cada caso. La presencia de Dios invita –obliga- a guardar unas formas, un decoro y un proceder correcto.
 

Si importantes son los gestos y las posturas del ministro, también son las de los fieles que deben ser observadas simultáneamente por todos los participantes. Estarán de pie, o sentados o de rodillas según el momento de la celebración o de la tradición que sea costumbre en el lugar donde se celebre. Al templo se acude a orar, y para facilitar el recogimiento es deseable que se guarde silencio. Un ornato sencillo contribuye a dar dignidad a la ceremonia y a la meditación.
 

En las procesiones también hay que prestar particular atención a la conducta personal o comunitaria. Es importante que el recorrido tenga continuidad, sin cortes ni paradas a destiempo. La  corrección en el vestido debe adecuarse al momento. El Vía crucis, como ejercicio piadoso de oración colectiva, se hace caminando con el mayor respeto posible.
 
Pero no todo es liturgia. La vida parroquial tiene que mejorar otros aspectos que ayuden a santificar a los creyentes. La apertura de los templos, la exposición del Santísimo o la confesión son algunos de ellos. Los templos son centros de culto, no parques temáticos para el turismo, y muchos católicos acuden a rezar o meditar ante el Sagrario o ante la Imagen de su devoción cuando sus ocupaciones lo permiten. Los horarios de apertura de los templos han de ser amplios, desde muy temprano hasta muy tarde para facilitar la oración personal en silencio a quienes les estimula la cercanía de Dios, o tienen costumbre pasar un rato con Él.
 

Todo católico sabe que en la confesión, o penitencia, los pecados son perdonados por el sacerdote-confesor. Aunque el perdón no entiende de lugares, lo normal es que se acuda a un sacerdote en un confesionario de una iglesia. Salvo ocasiones, cada vez cuesta más encontrarse el dúo confesionario-confesor dispuesto, y el penitente acaba en un rincón de la iglesia, contrito y sin poder confesar.
 

También en el templo la exposición y bendición con el Santísimo suele ser un acto comunitario con horario limitado. Lo deseable sería la exposición permanente de la Custodia en el centro del altar como un reclamo que invita a “visitarle” a cualquier hora del día, una actitud que, además de aliciente para la vida espiritual, muchos aprovechan para reflexionar sobre pasajes de la Biblia en presencia del Pan Eucarístico. 

 
     En resumen, si la Iglesia predica el misterio de Cristo y lo manifiesta con la solemnidad de la liturgia, el creyente debe encontrar facilidades para sentirse “socio” de una institución en permanente estado de servicio que tenga siempre las puertas de los templos abiertas de par en par, sea cual sea la hora.

José Giménez Soria

domingo, 5 de mayo de 2019

ADIOS A LAS TORRIJAS

Acabó la Semana Santa, con sus días de sol y lluvia según los sitios, y hubo que decir adiós a las torrijas. No hay pastelería que en ese tiempo santo se prive de dar gusto al paladar de sus clientes, ofreciéndoles unas exquisitas torrijas. La penitencia del momento no está reñida con una gula, venial en este caso, si se me permite la osadía, y no hay cristiano capaz de vencer la tentación y despreciar un buen bocado de ese apetitoso maná caído del cielo. Así pues, ¡vayan con Dios las torrijas!
 
Mientras decimos ese dulce adiós, o hasta el año que viene,  paso a paso transcurre el aleluya de la Resurrección que sucedió un domingo. No hay momento ni rezo que desde “ese tercer día” no se cante el “aleluya”, un rito, un término que traducido del hebreo significa ¡Alabad a Yhavé! ¡Alabad a Dios! Es una expresión de alegría por saber que Cristo ha resucitado. Y si Cristo ha resucitado y la tumba está vacía y muchos lo vieron, se ha consumado la Redención y hay que alegrarse.


Quien primero vio la tumba vacía fue María Magdalena. Subió al monte, se encontró con el sepulcro abierto y a un ángel que le advirtió que el Rabí había resucitado. Bajó a contárselo los demás y cuando volvió el ángel no estaba. Sin saber que hacer vio a un hombre al que preguntó abrumada si sabía algo del cuerpo sepultado. El desconocido dijo “¡María!” y entonces reconoció a Cristo.

Mas o menos el mismo día caminaban dos hombres hacia Emaús, a once kilómetros de Jerusalén y se les acercó un desconocido que andando a su paso se interesó por su conversación. Hablaban de lo sucedido en Jerusalén; le dijeron que a “uno de Nazaret al que tenían por un gran profeta había muerto crucificado, y ellos estaban creídos que liberaría a Israel, pero llevaba tres días enterrado y solo sabían por algunas mujeres que el cuerpo no estaba en el sepulcro y que un ángel les dijo que vivía”. El desconocido entonces les explicó lo que estaba escrito en las Escrituras sobre ese crucificado desde Moisés a los profetas. Cerca del pueblo los hombres lo invitaron a quedarse a cenar porque se hacía de noche. Fue durante la cena cuando el desconocido bendijo el pan, lo partió y se lo dio, y ese gesto bastó para que reconocieran que era Cristo, pero al instante desapareció. Los hombres azarados salieron de nuevo para Jerusalén para contar su encuentro. Su decepción inicial se tornó en esperanza renacida del Mesías liberador que esperaban.
 
Ni María Magdalena que lo confundió con un labriego, ni los caminantes de Emaús lo reconocieron a primera vista; tampoco Pedro, Tomás, Natanael o los Zebedeos que lo vieron en la orilla del Tiberiades mientras pescaban, advirtieron que era Él al principio. María Magdalena tubo que oír su nombre para reconocerlo; los de Emaús lo conocieron por el gesto de partir el pan; de los que pescaban solo Juan se atrevió a decirle a Pedro “Es el Señor”, tal era su desconcierto que no atinaban a creer en que había resucitado.

Jesús se hace presente con la luz de la mañana, está en tierra firme invitándonos a continuar su misión. Para identificarse con Él, igual que a Pedro, nos pregunta: “Hombre, mujer, ¿me amas?”.


José Giménez Soria

viernes, 5 de abril de 2019

PROCESO CONTRA JESUS


Hace unas semanas en la sección de Derecho de la Real Academia de Doctores de España (Madrid) tuvo lugar una mesa redonda sobre “El proceso a Jesús. Análisis bíblico, histórico y jurídico”, un tema siempre interesante sobre todo para ahondar en su aspecto jurídico. En el boletín Nazoreo de 2005 y 2006 don José Rodríguez Jiménez, Hermano Honorario de la Cofradía del Nazareno, cuya dilatada dedicación a la ciencia jurídica es notable, hizo unas reflexiones sobre esta materia afrontando la tarea con el respeto que le tiene a Jesús de Nazaret. Por su extensión, de lo tratado sintetizamos lo más destacado y así facilitar la comprensión del lector de este histórico proceso.

         La vida pública de Jesús trascurrió en Galilea y Judea. En Galilea reinaba Herodes Antipas y Judea estaba regida por Poncio Pilato, nombrado por Tiberio. El Sanedrín, o Consejo de Jerusalén, era el órgano de gobierno político-religioso del judaísmo que formaban los sumos sacerdotes, ancianos y escribas. El proceso contra Jesús ocurrió en Jerusalén, capital de Judea y centro religioso del judaísmo.

         Jesús soportó la beligerancia de la clase dirigente que no comprendió el mensaje de salvación del Reino de Dios y vio en riesgo sus privilegios. Las confrontaciones las narran los Evangelios y lo confirma lo que ahora sería una investigación previa para conocer la doctrina del Maestro y su respuesta popular. El Sanedrín tomó nota del  resultado de esa actividad; celebró tres reuniones en las que acordó la detención de Jesús y darle muerte, pero Nicodemo objetó que la Ley imponía la audiencia previa del reo y el conocimiento de los hechos, o sea, la sustanciación de un proceso justo.

La actitud desleal de Judas precipitó la orden de detención que se cumplió el jueves por la noche en Getsemaní. Los servidores del  Sanedrín y un grupo de soldados romanos llevaron a Jesús ante Anás. Este, muy hábil, lo interrogó y trató de obtener una declaración que comprometiese su doctrina. El proceso siguió su curso y Jesús fue conducido al Sanedrín en sesión nocturna y urgente, presidido por Caifás, que lo volvió a interrogar, pero Jesús calló. Como el Sumo Sacerdote conocía su doctrina le planteó su identidad mesiánica a lo que Jesús respondió afirmativamente con varias citas bíblicas. Esto bastó a Caifás y a los presentes que apreciaron un delito de blasfemia que el Levítico (24,16) condena a muerte por lapidación.

Con esta acusación los sumos sacerdotes y sus guardias condujeron a Jesús atado al  Pretorio, residencia de Poncio Pilato, titular de la jurisdicción. Éste les exigió que concretasen la acusación; no le bastó lo de malhechor. Especificaron tres cargos: alborotador, negar el tributo al César, y proclamarse Cristo-Rey. Pilato solo prestó atención al tercero, sin duda inquieto por situación política de Israel en el que le incumbía mantener el orden y la Ley, e interrogó a Jesús respecto a su realeza sobre el pueblo judío.  Se estableció un dialogo en el que Jesús habló de su Reino y de que había venido para dar testimonio de la Verdad. Pilato no encontró delito pero las acusaciones no cesaban.

Al saber que Jesús era galileo lo envió a Herodes Antipas que estaba en Jerusalén por la Pascua. El encuentro se caracterizó por el silencio de Jesús ante la curiosidad caprichosa de Herodes. De nuevo ante Pilato la muchedumbre exigía la crucifixión. De nada sirvió la liberación de Barrabás, la flagelación, la corona de espinas y el escarnio a su realeza, presentándolo como “Ecce Homo”.

           Ni los sumos sacerdotes ni sus seguidores se conmovían; arreciaban sus exigencias y advertían a Pilato que si lo soltaba no “era amigo del Cesar”. La invocación de la autoridad del César intimidó a Pilato y le movió a dictar sentencia injusta contra un inocente, lo que le ha marcado a través de los siglos. La redacción de la inscripción se redactó y colocó sobre la cruz en hebreo, latín y griego según la costumbre romana: "Jesús el Nazareno, el Rey de los judíos". La denunciada realeza de Jesús y su mesianidad, fue la base de su condena y ejecución, por apreciarse que afectaba a la seguridad del Imperio, y a la autoridad y dignidad del César. Se estimó un delito de lesa majestad, acorde con el Derecho Romano aplicable. Pilato entregó a Jesús para que lo crucificasen, y se ejecutó la pena cruel y degradante que los romanos aplicaban a los esclavos y enemigos del Imperio.

miércoles, 6 de marzo de 2019

CENIZA


En el libro de Jonás se lee esto: Nínive era la capital del Imperio Asirio, situada en la orilla del rio Tigris. Dios dijo a Jonás: «Vete a Nínive, la gran ciudad, y anúnciales que su maldad ha llegado hasta mí». Pero Jonás no se apresuró y de nuevo Dios le dijo: «Ve a Nínive a predicar lo que yo te diga». Lo hizo Jonás y predicó así: «Dentro de cuarenta días, Nínive será destruida». Los ninivitas creyeron, ayunaron y vistieron ropa de penitencia. Enterado el rey se despojó de manto real, se vistió con rudo sayal y se sentó sobre el polvo. Dios tuvo compasión y no llevó a cabo su amenaza.

Este relato es ilustrativo del porqué la ceniza es signo de penitencia.

         El Miércoles de Ceniza se celebra cuarenta días antes del Domingo de Ramos, día que comienza la Semana Santa. Su fecha varia cada año por la misma razón que la Pascua de Resurrección, que se festeja el domingo siguiente de la primera luna llena del equinoccio de primavera según decretó el Primer Concilio de Nicea en el 325 d.C. De ahí que este miércoles oscile entre el 4 de febrero y el 10 de marzo.

Aunque la imposición de la ceniza se remonta a los primeros siglos de la Iglesia, fue en el siglo XI cuando Roma impuso el rito de la ceniza al iniciar la Cuaresma. La ceniza es un símbolo. Según el artículo 125 del Directorio sobre la piedad popular y la liturgia, “El gesto de cubrirse con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Este gesto la Iglesia lo conserva como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir en el itinerario cuaresmal. Se debe ayudar a los fieles que acuden en gran número a recibir la ceniza a que capten su significado interior, el que abre a la conversión y a la renovación pascual”.

          Como signo de humildad, la ceniza recuerda el origen del hombre, «Dios modeló al hombre del polvo del suelo e insufló en su nariz aliento de vida; y el hombre se convirtió en ser vivo» (Gn.2,7), y su final, «Comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella fuiste sacado, pues eres polvo y al polvo volverás» (Gn.3,19).
 
La ceniza que se usa este día procede de haber quemado los restos de las palmas del Domingo de Ramos del año anterior. Se rocía con agua bendita e incienso y se impone en la frente haciendo la señal de la cruz mientras el celebrante dice: «Acuérdate que eres polvo y en polvo te convertirás», o bien «Conviértete y cree en el Evangelio». Después se pueden dedicar unos minutos a la meditación.

         No es obligatoria la imposición de ceniza, pero si recomendable para que los creyentes inicien la Cuaresma con un ejercicio de valor penitencial, prólogo del gran misterio de la Semana Santa.

lunes, 11 de febrero de 2019

ABRAHAM

          Nos habíamos quedado en el diluvio. En Noé empieza la nueva humanidad y de Sem, el hijo mayor, nacería la genealogía que alcanza a Abrán.
 
         Abrán se casó con Saray y Dios lo llamó y le mandó ir a la tierra que Él le mostraría: «Haré de ti una gran nación, te bendeciré y haré famoso tu nombre», le dijo. Abrán creyó, obedeció a Dios y marchó con Saray y su sobrino Lot hacia la tierra Canaán; la atravesó hasta llegar a Siquén donde Dios se le apareció de nuevo y le dio esa tierra. Abrán entonces levantó un altar en honor a Dios.
 
Pasado el tiempo sobrevino una gran hambre que obligó a Abrán y Saray a huir a Egipto donde fueron recibidos por el faraón que los trató muy bien en atención a Saray que era muy bella. Abrán obtuvo ovejas, vacas, asnos, siervos y camellos, llegando a ser rico en ganado, plata y oro. Con ese bagaje se trasladó a Betel con Lot que también tenía ovejas y vacas, y Dios habló a Abrán: «Alza tu vista hacia el norte, el mediodía, el oriente y el poniente. Toda la tierra que ves te la daré a ti y a tus descendientes para siempre. Ellos serán como el polvo de la tierra: el que pueda contar el polvo de la tierra podrá contar a tus descendientes». Así fue como nació la tierra prometida; en ella se estableció junto a la encina de Mambré, en Hebrón.
Saray era estéril y no tuvo hijos. Esta dio a su sierva Agar a Abrán como esposa y tuvieron un hijo llamado Ismael. Pero Dios viendo a Abrán afligido le prometió que sería padre de una multitud de pueblos y le cambió el nombre: «Ya no te llamarás Abrán sino Abrahán (padre de muchas naciones). Te haré fecundo. Os daré a ti y a tus descendientes la tierra de Canaán como posesión perpetua, y seré tu Dios» y de Saray dijo: «Tu mujer, ya no se llamará Saray, sino Sara; la bendeciré y te dará un hijo que llamarás Isaac y nacerán pueblos y reyes de naciones». Abraham intercedió por Ismael y Dios dijo: «Bendeciré a Ismael, lo haré fecundo, engendrará doce príncipes y haré de él un gran pueblo, pero mi alianza será con Isaac, el hijo que te dará Sara el año que viene por estas fechas»
Abrahán y Sara eran ancianos cuando nació Isaac en Guerar en la región del Negueb.  Pasaron los años y Dios puso a prueba a Abrahán: mandó que le ofreciera a Isaac en holocausto. Este relato es conocido como “el sacrificio de Isaac”. Abrahán estuvo  tentado a negarse, pero antepuso el amor a Dios al de su hijo y superó la prueba.
Murió primero Sara y después Abrahán. A su muerte Dios bendijo a Isaac. Ismael, hijo de Abrahán y Agar, tuvo doce hijos que fueron jefes de doce tribus que se extendieron desde Javilá, una región de Arabia, hasta Sur junto a Egipto.
José Gimenez Soria

sábado, 5 de enero de 2019

LIRIOS

           El lirio es una planta herbácea de tallo ramoso con flores muy llamativas de seis pétalos que según sus colores tienen su significado. Así el blanco simboliza inocencia, pureza y modestia; el anaranjado significa pasión y excitación; el lirio amarillo significa alegría, y el rosado simboliza juventud y regocijo. Son comunes en arreglos florales y en jardines.

“De colores se visten los campos en la primavera, de colores son los pajaritos que vienen de afuera”, dice una canción de Joan Báez. En Israel los lirios alegraban el paisaje. En cierta ocasión Jesús se refirió a ellos: «Fijaos como crecen los lirios, no se fatigan ni hilan; pero os digo que ni Salomón en todo su esplendor se vistió como uno de ellos» (Lc. 12, 27).
 
Uno le había preguntado cómo repartir la herencia con su hermano,  pero se negó a ser árbitro de la disputa. Pero viendo el apego al dinero de los presentes les dijo que la vida no depende de los bienes. Habló entonces a los que creen que solo los bienes materiales dan la felicidad, a los que ponen todo su afán en acumular riquezas y olvidan que la providencia de Dios cuida de nosotros. En esta época caracterizada por los deseos de poseer, bueno es recordar sus palabras: «No os inquietéis por la vida, qué vais a comer; ni por el cuerpo, con qué  os vais a vestir, pues la vida es más que el alimento y el cuerpo más que el vestido» (Lc. 12, 22-24)

Está empezando un nuevo año: saldrá el sol y se pondrá un día tras otro guiado por la mano del Todopoderoso; la naturaleza dará sus frutos, lloverá y nevará, y los lirios lucirán con el primoroso vestido que Dios les da. Llega la Epifanía, la fiesta de la generosidad de los Reyes Magos con el Niño Jesús y con la fantasía de los niños, una tradición familiar de regalos de los padres para sus hijos.
 
            Es hora de las buenas intenciones para el nuevo año y de los buenos propósitos. Dar de lado a las vanas preocupaciones, puede ser uno; no correr, la vida es corta y merece vivir cada hora como si fuese la última; disfrutar con la familia y practicar la amistad hace a uno más rico que un puñado de euros; no agobiarse con el sustento: observar los lirios, no se fatigan y da gloria verlos; rezar y leer la Biblia es un ejercicio diario relajante, y por último confiar en Dios: es mucho más digno de confianza que cualquiera.

José Giménez Soria 

lunes, 24 de diciembre de 2018

“LO ENVOLVIO EN PAÑALES Y LO RECOSTÓ EN UN PESEBRE”

         Vivía María en Nazaret sus últimas semanas de gestación cuando surgió un viaje inesperado. Cayo Octavio, el emperador Augusto, que había anexionado Israel como provincia romana, dictó un decreto mandando empadronarse en todo el imperio. Ello obligó a José y María a viajar a Belén para inscribirse. ¿Por qué Belén?  
 
         El decreto obligaba a empadronarse por familias por lo que José, de la familia de David,  debía ir a Belén, la ciudad de David, a unos 130 km de Nazaret. Además se cumpliría lo profetizado por Miqueas 700 años antes: “De ti, Belén, saldrá quien ha de gobernar en Israel”, una profecía cargada de esperanza mesiánica en unos tiempos duros y confusos.
 
         José y María partieron de Nazaret, en Galilea, cruzando Samaria a Belén, en Judea, en una caravana a donde llegaron al cabo de varios días de camino. El último tramo del viaje fue muy penoso para María que a ratos iba en burro o bien andando. En Belén les fue difícil encontrar posada y se acomodaron en un establo. Luego se inscribieron y pagaron el tributo sin problemas por ser de la estirpe de David.  

José dejó a María en el establo y fue en busca de alojamiento pero volvió afligido sin encontrarlo. En esto María salió de cuentas, llegaron los dolores del parto y dio a luz a su primogénito. Lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, convertido en su primera cuna. Esto ocurrió en un establo, una especie de refugio para animales, en definitiva un lugar pobre.   
 
        Este nacimiento marca el inicio de una nueva era. En él Dios adopta la condición humana, “habitó entre nosotros” dice San Juan, y desde entonces el tiempo de la historia se cuenta antes de Cristo y después de Cristo. Trajo la luz y el privilegio de contemplar su gloria alumbrada desde la humildad de un pesebre: es la Navidad.  

La Navidad se celebra en nuestro mundo como una gran fiesta de alegría en la que no caben discriminaciones. Esta historia en la que Dios se hace niño sirve para que con nuestra creencia religiosa, la disfrutemos con holgura sin caer en la tentación de hacer de ella una fiesta frívola y descreída. La Navidad nació envuelta en pañales, no adornada con papel de regalo.  

El relato evangélico se enmarca dentro de la historia de aquella época. Jesús nació en un pueblo insignificante para la magnitud del imperio romano. Fue un  hecho real que tuvo lugar en el año 753 de la fundación de Roma, en el mandato de Cesar Augusto a quien el Senado le había otorgado el titulo de Imperator Caesar Augustus. El censo lo organizó su legado en Siria, Cirino, y en Judea reinaba Herodes el Grande, con sede en Jerusalén. Obligados por el decreto censal, José y María tuvieron que dejar su tierra para un viaje nada cómodo ni fácil con ella en situación de dar a luz. Si difícil fue el viaje, peor fue al llegar a Belén y ver que era un lugar extraño para ellos, pero Dios se sirvió de este acontecimiento para su plan salvador.

       El pequeño pueblo de Belén nos dejó el regalo de la Navidad, el acontecimiento que hace más de dos mil años se convirtió en cuna de nuestra civilización. Allí empezó a contar la era cristiana.
 
José Giménez Soria

viernes, 9 de noviembre de 2018

EL DILUVIO

         Tras la muerte de Abel, Adán y Eva engendraron a Set, su tercer hijo al que siguieron ocho generaciones que empezaron en Enós, descendiente de Set, y continuaron con Quenán, Malalel, Yared, Henoc, Matusalén y Lamec, que engendró a Noé. También  tuvieron más hijos e hijas que se multiplicaron sobre la tierra según las palabras de Dios: «Sed fecundos y llenad la tierra» (Gn. 1,28).

Con el tiempo creció la maldad y Dios lo vio, y se arrepintió de haber creado al hombre. Entonces decidió exterminarlo con un diluvio, pero se fijó en Noé, que era justo y honrado en una época en que la humanidad se había corrompido, y obtuvo el favor y la bendición de Dios incluso para sus hijos Sem, Cam y Jafet.

Dios habló a Noé y le mandó hacer un arca de madera para él, su familia y parejas de animales de todas las especies. Todos entraron en el arca y empezó a llover. Dice el Génesis (7,11) que «En el año setecientos de la vida de Noé reventaron las fuentes del gran abismo y se abrieron las compuertas del cielo y estuvo lloviendo cuarenta días y cuarenta noches». El agua subió por encima de las montañas más altas y el arca flotaba sobre la superficie de las aguas. Y sigue el Génesis (7,21-22) «Perecieron todas las criaturas que se movían en la tierra: aves, ganados, fieras y cuanto bullía sobre la tierra y todos los hombres. Todo lo que exhalaba aliento de vida, todo cuanto existía en tierra firma, murió». Las aguas llenaron la tierra durante ciento cincuenta días al cabo de los cuales Dios sopló viento y el agua comenzó a bajar.

          El diluvio marcó el final de una era. Cuando la tierra se secó, Noé salió del arca, construyó un altar y ofreció un holocausto a Dios. Dios aceptó el sacrificio y dijo: «Nunca más maldeciré la tierra por causa del hombre, ni volveré a destruir a los vivientes como lo he hecho» (Gn.8, 21) y estableció una alianza con Noé y sus hijos: «Establezco mi alianza con vosotros; nunca volveré a destruir criatura alguna ni habrá otro diluvio que devaste la tierra» (Gn. 9,11). Dios restableció el orden de la creación y selló una paz duradera con el hombre con esa promesa. Después Noé vivió dedicado a la agricultura hasta un total de novecientos cincuenta años.

La tierra se repobló con los descendientes de los hijos de Noé cuyas familias se esparcieron por los territorios entonces conocidos. La genealogía de Adán a Noé continuó con los descendientes de Sem, el mayor de los hijos, que engendró a Arfacsad, éste a Selaj, éste a Eber, éste a Peleg, éste a Reu, éste a Serug, éste a Najor, éste a Teraj y éste a Abrán, a Najor y a Arán.

Adán representa a la humanidad creada por Dios y Noé a la humanidad salvada por Dios del diluvio. 
José Giménez Soria

miércoles, 10 de octubre de 2018

EL EDEN


En el principio Dios creó los cielos y la tierra, y dijo “¡Haya luz!” y hubo luz, siguió y así un día tras otro creó los seres vivientes y las plantas hasta llegar al hombre y a la mujer. Para ellos, Adán y Eva, plantó un jardín en Edén, al oriente, e hizo brotar toda clase de arboles hermosos para ver y buenos para comer, y en medio, el árbol de la ciencia del bien y del mal. Para distinguir este jardín sagrado de otros jardines reales la Biblia también lo llama jardín de Dios o del Señor (Gn.13, 10) (Ez.28,13 y 31,8) o jardín de Edén, traducción de “delicias” en hebreo. (Gn.3, 23)    
 

Edén es el nombre geográfico de un lugar ahora difícil de localizar, que tal vez significara estepa. El Génesis lo llama jardín, o “paraíso” en la versión latina y en la moderna, y da una pista sobre su ubicación. Dice: «En Edén nacía un rio que regaba el jardín, y desde allí se dividía en cuatro brazos: el primero se llama Pisón, el que rodea toda la tierra de Javilá donde hay oro. El segundo rio se llama Guijón, el que rodea toda la tierra de Cus. El tercero se llama Tigris y corre al este de Asiria. El cuarto es el Éufrates» (Gn. 2, 10-14)

             Los intentos para localizar el lugar exacto del jardín comenzaron por conocer la ubicación de los ríos. La del rio Pisón, Javilá podía ser una región de Arabia ((Gn. 10, 29), y la del Guijón Cus podía ser Etiopía, pero no están plenamente identificadas. Sin embargo son más conocidos y están localizados los ríos Tigris y Éufrates. El Tigris fluye a través de Siria, Turquía e Irak en el suroeste de Asia, primero hacia el este y luego hacia el sur. Se une al Éufrates y dan origen a un gran rio que desemboca en el golfo Pérsico. Entre ambos ríos se desarrolló Mesopotamia, su nombre significa “tierra entre ríos”, donde floreció la agricultura y fue cuna de una civilización antigua. Los  estudiosos de la Biblia han llegado a la conclusión de que el jardín del Edén estaba en algún lugar en esta zona en el conocido valle del río Tigris y el Éufrates. Es una hipótesis que puede ser fiable.
 

Otra teoría apunta a que la ubicación del Edén no se conozca con exactitud por la modificación de la orografía producida por el diluvio y por la supuesta voluntad divina de que no se localice el lugar donde el hombre cometió el primer pecado.
 

Desde la perspectiva de un creyente el jardín prueba la libertad que Dios creador dio a Adán y Eva poniendo a su disposición todo lo creado, reservándose únicamente el precepto de no comer los frutos del árbol de la ciencia del bien y del mal. Mas Adán y Eva cayeron en la tentación, comieron y al instante se les despertó la conciencia y «descubrieron que estaban desnudos»” (Gn.3, 7). Habían roto la armonía existente entre ellos y Dios.  
 
           Avergonzados se ocultaron pero Dios los buscó y llamó a Adán, «¿Dónde estás?» y al verlo lo expulsó del jardín para que labrase la tierra: «Comerás el pan con el sudor de tu frente hasta que vuelvas a la tierra porque de ella fuiste sacado» (Gn.3,19)

 
José Giménez Soria

sábado, 12 de mayo de 2018

NUEVO COMIENZO

Comentario al Evangelio de Marcos 16, 15-20
 

Los evangelistas describen con diferentes lenguajes la misión que Jesús confía a sus seguidores. Según Mateo han de «hacer discípulos» que aprendan a vivir como él les ha enseñado. Según Lucas, han de ser «testigos» de lo que han vivido junto a él. Marcos lo resume todo diciendo que han de «proclamar el Evangelio a toda la creación».

Quienes se acercan hoy a una comunidad cristiana no se encuentran directamente con el Evangelio. Lo que perciben es el funcionamiento de una religión envejecida, con graves signos de crisis. No pueden identificar con claridad en el interior de esa religión la Buena Noticia proveniente del impacto provocado por Jesús hace veinte siglos.

Por otra parte, muchos cristianos no conocen directamente el Evangelio. Todo lo que saben de Jesús y su mensaje es lo que pueden reconstruir de manera parcial y fragmentaria, recordando lo que han escuchado a catequistas y predicadores. Viven su religión privados del contacto personal con el Evangelio.

¿Cómo podrán proclamarlo si no lo conocen en sus propias comunidades? El Concilio Vaticano II ha recordado algo demasiado olvidado en estos momentos: «El Evangelio es, en todos los tiempos, el principio de toda su vida para la Iglesia». Ha llegado el momento de entender y configurar la comunidad cristiana como un lugar donde lo primero es acoger el Evangelio de Jesús.

Nada puede regenerar el tejido en crisis de nuestras comunidades como la fuerza del Evangelio. Solo la experiencia directa e inmediata del Evangelio puede revitalizar la Iglesia. Dentro de unos años, cuando la crisis nos obligue a centrarnos solo en lo esencial, veremos con claridad que nada es más importante hoy para los cristianos que reunirnos a leer, escuchar y compartir juntos los relatos evangélicos.

Lo primero es creer en la fuerza regeneradora del Evangelio. Los relatos evangélicos enseñan a vivir la fe no por obligación, sino por atracción. Hacen vivir la vida cristiana no como deber, sino como irradiación y contagio. Es posible introducir en las parroquias una dinámica nueva. Reunidos en pequeños grupos, en contacto con el Evangelio, iremos recuperando nuestra verdadera identidad de seguidores de Jesús.

Hemos de volver al Evangelio como nuevo comienzo. Ya no sirve cualquier programa o estrategia pastoral. Dentro de unos años, escuchar juntos el Evangelio de Jesús no será una actividad más entre otras, sino la matriz desde la que comenzará la regeneración de la fe cristiana en las pequeñas comunidades dispersas en medio de una sociedad secularizada.

Tiene razón el papa Francisco cuando nos dice que el principio y motor de la renovación de la Iglesia en estos tiempos hemos de encontrarlo en «volver a la fuente y recuperar la frescura original del Evangelio».
José Antonio Pagola

domingo, 22 de abril de 2018

LA AUDIENCIA


Un anhelo para muchos católicos de todo el mundo es acercarse al Papa. La Santa Sede facilita estos encuentros con las Audiencias Generales que tienen lugar todos – o casi todos- los miércoles en San Pedro de Roma. La asistencia, que es gratuita, requiere una reserva previa que se puede hacer en la Prefectura de la Casa Pontifica o a través de alguna agencia de viajes. El día de la Audiencia conviene ir temprano a la Plaza de San Pedro buscar un buen sitio y poder ver al Papa lo más cerca posible.
 

Pasada la Semana Santa de 2018, el miércoles 11 de abril de la segunda semana de Pascua, el papa Francisco celebró audiencia general para una multitud que podía rondar entre 30 a 40.000 personas de toda raza, clase y condición. Como curiosidad, tres llamas, un mamífero rumiante propio de América del Sur, aparecieron con sus cuidadores alemanes ante la sorpresa de los peregrinos después de recorrer más de mil kilómetros en seis semanas. El Papa mantuvo luego un breve y ameno encuentro con los cuidadores, quienes le entregaron unos regalos.
 
Previamente a la aparición del Papa, sacerdotes de varios países fueron presentando y saludando en distintos idiomas a los grupos y asistentes de sus países respectivos allí presentes, saludo que era correspondido con vítores, aplausos y enarbolar de banderas.
 
Sobre las 9:45 horas un incesante murmullo y el consiguiente revuelo anunciaron la presencia del Papa de pie sobre el “papamóvil” acompañado de varios niños, que recorría los pasillos entre vallas saludando a todos los peregrinos e incluso deteniéndose a besar a los más pequeños que le presentaban al paso. Ver al Vicario de Cristo a tres metros es de una emoción indescriptible y un recuerdo inolvidable para toda la vida: El Papa Francisco se “gana” a los fieles porque se muestra cercano.

 
           Terminado el recorrido y los saludos, el Papa subió los escalones de la Basílica hasta el sillón del altar exterior cubierto donde se sentó para comenzar la audiencia. Tras el saludo y la invitación a escuchar la palabra de Dios con el pasaje de Mateo (28,19-20) «Id y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espiritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado», Francisco inició un ciclo dedicado a la catequesis sobre el Bautismo, el primer sacramento «el fundamento de toda la vida cristiana».
 

“Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! 

“Este tiempo pascual es propicio para reflexionar sobre la vida cristiana, que es la vida que recibimos del mismo Cristo. Somos cristianos en la medida que dejamos que Él viva en nosotros. Para avivar esta conciencia debemos volver al origen, al sacramento del bautismo, que es el fundamento de toda la vida cristiana, es el primero de los sacramentos y es la puerta que permite al Señor hacer su morada en nosotros e introducirnos en su Misterio. Recuerden bien- insistió-el bautismo es el fundamento de la vida cristiana, y los bautizados son de Cristo”.
 

 “El verbo griego «bautizar»  significa sumergir. El baño con el agua expresa el paso de una condición a otra, signo de purificación para un nuevo inicio. En virtud del Espiritu Santo, el bautismo nos sumerge en la muerte y resurrección del Señor, ahogando en la fuente bautismal al hombre viejo dominado por el pecado, para que nazca el hombre nuevo, recreado en Jesucristo. El bautismo es un renacimiento y por eso os pregunto ¿recordáis cuál fue la fecha de vuestro bautismo? Si festejamos el día del nacimiento, ¿cómo no festejar el día del renacimiento? Los que no os acordéis de la fecha del bautismo, preguntad a la madre y a los tíos, «¿Sabes cuál es la fecha de mi bautismo?» y no la olvidéis nunca y agradeced al Señor, porque es el día en el que Jesús entró en mí, el Espíritu Santo entró en mí».
 

“El bautismo -siguió el Santo Padre- permite a Cristo vivir en nosotros y a nosotros vivir unidos a Él, para colaborar en la Iglesia, cada uno según la propia condición, en la transformación del mundo. El sacramento supone un camino de fe cuando es un adulto quien pide el bautismo. Pero también los niños desde la antigüedad son bautizados en la fe de los padres, y sobre esto quisiera decir algo a los que piensan: ¿Por qué bautizar a un niño que no entiende? Esperemos a que crezca, que entienda y sea él mismo quien pida el bautismo. Esto –aclaró el Papa- significa no tener confianza en el Espíritu Santo, porque cuando nosotros bautizamos a un niño, en ese niño entra el Espíritu Santo y el Espíritu Santo hace crecer en ese niño, desde niño, virtudes cristianas que después florecen. Se debe dar la oportunidad a todos los niños de tener dentro el Espíritu Santo que les guíe durante la vida. ¡No os olvidéis de bautizar a los niños!”
 

Terminada la alocución papal diversos prelados saludaron al Papa en nombre de los grupos asistentes con breves lecturas en italiano, inglés, francés, español, alemán, polaco, portugués y árabe, a los que correspondió Francisco agradecido. A los españoles dijo: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española venidos de España y Latinoamérica y los animo a recordar el día de su bautismo, que es el mayor regalo que hemos recibido, para que haciendo memoria de nuestra condición de cristianos tomemos conciencia de que pertenecemos a Dios y estamos llamados a ser testigos, en el ámbito donde vivimos, de la alegría de la salvación. Que Dios los bendiga. Muchas gracias”.
 
Antes de terminar la audiencia, el Papa invitó a todos a cantar juntos el Padre Nuestro en latín, cuyo texto estaba escrito en el reverso del papelito que sirvió para acceder a la Plaza. “Oremos juntos”, dijo, y el coro de voces de las miles de personas presentes entonó la gran oración que nos enseñó el Señor. Finalmente el Papa Francisco, como cabeza de la Iglesia Católica impartió su bendición apostólica a la multitud, que hizo extensiva a los seres queridos, y a los rosarios o crucifijos de los asistentes.
 

Fueron casi tres horas vividas en un ambiente de cristianismo latente que nos dejó una huella de emoción difícil de superar.
 
José Giménez Soria

domingo, 11 de marzo de 2018

LA VIRGEN MARÍA ¿DE HUELGA?


Algunos aun no se han enterado del papel de María de Nazaret. Apenas tenía 15 años cuando fue ungida por el Espiritu Santo hasta quedarse embarazada y dar a luz al Mesías, el Hijo de Dios hecho Hombre, que, solo con su palabra, en tres años hizo trizas la Antigua Ley para proclamar el Amor al Prójimo como Ley de vida, origen de una Civilización, -apellidada cristiana-, común a la mayor parte de la humanidad.

La tradición tiene a San Joaquín y a Santa Ana como padres de María. Eran gente sencilla y piadosa, y lo poco que tenían lo compartían con los pobres. Después de unos años de estancia en el Templo con otras doncellas dedicada a la oración y a instruirse en los deberes de la Ley de Dios, María se desposó con José. Primero los esponsales donde asumieron sus derechos y obligaciones, pero sin vivir juntos, y segundo ya pasados unos meses, María fue llevada con música y fiesta a la casa de José y empezaron a convivir bajo el mismo techo. En esos meses el ángel Gabriel le anunció su maternidad y el embarazo de su pariente Isabel.

María, mujer de gran sensibilidad, bien pudo atender a sus padres en su ancianidad y viajar a casa de Isabel para ayudarla en el parto y animarla con el Magníficat, un canto de alabanza a Dios, sin percibir remuneración alguna. Ni tuvo reparos en emigrar con lo puesto a Egipto para salvar a su Hijo perseguido por Herodes. Años después, en Nazaret, se dedicó a cuidar a su familia, a sus labores domesticas, compartiendo penurias con José, y al servicio de Dios para que su Hijo creciera, conociera la ley de Moisés y se fortaleciera lleno de sabiduría.
 
María de Nazaret vio crecer a su Hijo hasta que se emancipó y quedó sola unos años. Luego vio cumplida la profecía: “Una espada te atravesará el alma», y Ella, advertida de la condena de su Hijo, en compañía de Juan, María Magdalena, María la de Cleofás y María Salomé, sabedora de los designios de Dios, padeció la vía dolorosa que jamás madre alguna ha sufrido, un trance que soportó con una entereza ejemplar consciente de su Mediación en el Misterio de la Redención. 
 
          
No necesitó María de Nazaret ponerse en huelga entonces ni manifestarse ante Pilato - el poder romano tampoco lo permitiría- ni tampoco la haría hoy, porque «El plan divino de la salvación, -señala la Redemptoris Mater- revelado con la venida de Cristo, reserva un lugar a su Madre, que es introducida definitivamente en el centro del misterio de Cristo para la restauración de la vida sobrenatural de las almas. Así María entra de manera muy personal en la mediación entre Dios y los hombres». Un trabajo impagable.

Por otra parte la “Lumen gentium” «Exhorta encarecidamente a los teólogos y a los predicadores de la palabra divina a que se abstengan con cuidado tanto de toda falsa exageración cuanto de una excesiva mezquindad de alma al tratar de la singular dignidad de la Madre de Dios…, y que los Santos Padres y Doctores de la Iglesia expliquen rectamente los oficios y los privilegios de la Santísima Virgen, que siempre tienen por fin a Cristo, origen de toda verdad, santidad y piedad, y en las expresiones o en las palabras eviten cuidadosamente todo aquello que pueda inducir a error a los hermanos separados o a cualesquiera otras personas acerca de la verdadera doctrina de la Iglesia».

Todo lo dicho induce a pensar que no es prudente decir que María de Nazaret se sumaría a la huelga de hace unos días, ni a nada parecido.
 
José Giménez Soria

domingo, 28 de enero de 2018

¿RONALDO O MESSI?

           ¡Pobre Ronaldo! Está triste. Leía en la prensa que “ve una falta de respeto” ganar solo 21 millones porque es el “mejor jugador del mundo”, y pide llegar a los 40 del argentino. Y es “comprensible”. Aunque a nosotros nos parezcan cifras estratosféricas, los sociólogos afirman que todos evaluamos nuestra situación personal comparándonos con otras personas o grupos de referencia. Aunque los 21 actuales le den para unas cañas, no puede evitar la comparación. Ya saben el dicho popular: “los ricos también lloran”.

 
            Nuestra manera de ver la vida, nuestra percepción de lo afortunados o desgraciados que somos, la remuneración de nuestro trabajo, las recompensas o mimos que nos merecemos… no dependen de parámetros objetivos, sino de una mirada subjetiva. El sueldo de Cristiano no es mucho ni poco, solo es MENOS que lo que cobra Messi. En realidad, todos somos Ronaldo. Miramos insatisfechos (y algo envidiosos) lo que cobran los demás, los éxitos cosechados por mi vecino, lo bien que tratan a mi compañera… y eso nos produce tristeza, ira y algo de amargura. 

Hasta los personajes bíblicos lo sufrieron. El otro día leíamos en el libro de Samuel (1Sam 18,7) que, después de la hazaña de David con Goliat, el Rey Saúl oyó cantar a las mujeres: “Saúl mató a mil, David a diez mil. Saúl se irritó mucho.  Y a partir de aquel día, Saúl miró a David con malos ojos”. Cuando escuchaba el pasaje en Misa, pensé: “igualicos que Ronaldo y Messi”. En realidad, el objeto a comparar es lo de menos. La sensación de sentir que “saliste perdiendo” es lo que te come por dentro. Te muerde.
 

La alternativa desde la espiritualidad es una nueva manera de vivir, donde tomando conciencia de nuestra absoluta dignidad, sepamos aceptar lo que recibimos sin comparaciones. Dios nos llama a vivir desde la gratitud y a tener esa mirada lúcida que nos lleva a alegrarnos por el bien ajeno y a sonreír con otros.
 

Seguramente Cristiano Ronaldo, no me leerá. Pero si quiere el humilde consejo de este pobre cura, le diría que se aleje de esa mirada herida y comparadora, y sepa agradecer todo el amor recibido y el reconocimiento que tiene de tantos millones de madridistas, porque es el único camino para ser felices.  Que sepa celebrar las fiestas propias, los días buenos – que seguro que los hay-, los nombres de su vida. Y ya puestos, también te lo digo a ti, querido lector, y a mí, que andamos en las mismas.

Ramón Bogas Crespo
Director de la oficina de
comunicación del obispado de Almería
25 de enero de 2018

 

martes, 19 de diciembre de 2017

EL ESPIRITU SANTO

Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo

Encarnación. En tiempos de Herodes el Grande el ángel Gabriel se apareció a Zacarías para decirle que su mujer, Isabel, le daría un hijo al que pondría por nombre Juan que “será grande a los ojos de Dios y estará lleno del Espíritu Santo ya en el vientre materno”. Seis meses después el ángel Gabriel se presentó en Nazaret y anunció a María que iba a ser madre de Jesús por obra y gracia del Espíritu Santo. En ambos casos aparece el Espíritu Santo: En Juan como un don del que está llamado a preceder a Jesús para convertir los corazones de los padres hacia los hijos; en María, Jesús es concebido por la fuerza creadora del Espíritu Santo, la fuerza del Altísimo, que al nacer alumbra una nueva era.

Bautismo. Juan predicó mientras bautizaba en el Jordán: “Os bautizo con agua, pero el que viene detrás de mí os bautizará con Espíritu Santo”. En esto se presentó Jesús para que lo bautizara y apenas lo hizo “se abrieron los cielos y el Espíritu Santo bajó como una paloma y se posó sobre Él”, y una voz que decía “Este es mi Hijo amado, en quien me complazco”. De este modo Jesús es ungido por el Espíritu Santo para una misión universal y liberadora por designio divino.

La transfiguración. Jesús con Pedro, Juan y Santiago subió al monte a orar. Mientras oraba el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos refulgían de blancos. Entonces  se presentaron Moisés y Elías y hablaban con Él. Los apóstoles vieron la gloria y a los dos que estaban con Jesús. Pedro se puso a hablar, pero se formó una nube, símbolo inseparable de las manifestaciones del Espíritu Santo, y se oyó una voz: “Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadle”. La voz del cielo apremia a escuchar a Jesús.

Son momentos en que el Espíritu Santo actúa como trasmisor de sabiduría e inteligencia, de consejo y fortaleza, de ciencia y temor de Dios. Durante los años de vida pública Jesús estuvo movido por el Espíritu para anunciar el Evangelio y así lo dijo: «El Espíritu de Dios está sobre mí. Me ha ungido para dar la Buena Noticia a los pobres; para liberar a los cautivos; dar vista a los ciegos; y proclamar el año de gracia del Señor». Así transcurrió hasta su Pasión.

 
La Pascua. Poco antes de celebrar su última Pascua, antes de la Pasión, Jesús anunció a sus discípulos el envío del Espíritu Santo, el Paráclito: “Le pediré al Padre que os de el Espíritu de la verdad,… lo reconoceréis y estará con vosotros”. El Espíritu Santo es revelado como la tercera persona de la Santísima Trinidad junto a Dios Padre y el Hijo. Es la que, en ausencia de Jesús, se manifestará a los discípulos y les guiará hasta la verdad plena. (Jn.14,17 y 16,13)

La palabra griega Paráclito se traduce por Consolador o Consejero o Defensor, esto es quien ayuda en cualquier circunstancia y, en este caso, mantiene vivo e interpreta el mensaje de Cristo.

Pentecostés. Siete semanas después, cincuenta días desde la Resurrección, nueve días después de la Ascensión, se cumplió el anuncio de Jesús. El Espíritu Santo vino a los discípulos. Su venida, o efusión del Espíritu Santo, es la fiesta de Pentecostés, y ocurrió que, “Estando todos reunidos se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas extranjeras según el Espíritu les concedía manifestarse, contando maravillas de Dios”. (Hechos 2,4-11). Recibieron el don prometido por Dios.

Desde aquel momento el Espíritu Santo empezó a ejercer su magisterio y los guió a comprender toda la verdad de Jesús y les enseñó a entender sus palabras. La inspiración del Espíritu Santo les ayudaría a divulgar mejor la doctrina divina.

Las verdades reveladas por Dios que enseñan las Sagradas Escrituras fueron escritas por hombres inspirados por el Espíritu Santo. Los libros del Antiguo y Nuevo Testamento ilustran con fidelidad y sin error la verdad que Dios quiso transmitir para la salvación de género humano.  Así pues, "Toda la Escritura es inspirada por Dios y es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y esté preparado para toda obra buena" (2 Tim 3,16-17

Los cristianos estamos llamados a mantener una relación intensa con el Espíritu Santo. No pasa desapercibido, nuestra fuerza proviene de Él y es la fuente de los frutos de cada día. Habita entre nosotros, es nuestro valedor. Sostiene la fe y ayuda con sus dones a proclamar lo que Jesús predicó; nos lo recuerda y, además, nos lo hace comprender. También en la Plegaria Eucarística de la Misa el celebrante pide al Padre que “santifique estos dones -el pan y el vino- con la efusión del Espíritu Santo” para que se conviertan en el Cuerpo y la Sangre de Cristo.
Nada mejor que invocarle con la oración dedicada a Él para que su luz y su fuerza nos sean propicias en cada instante de nuestra vida: Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo. Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos.”