miércoles, 7 de octubre de 2020

TRES LIBROS EN EL ESTANTE

En cualquier estantería de cualquier casa conocida, no es raro que haya un ejemplar de El Quijote, otro de un Diccionario Enciclopédico y un tercero de la Biblia. Los tres a cual más lujoso; uno parece usado, y dos con indicios de estar cerrados sine die.

Ahora que ha empezado un nuevo curso, si el Ministerio y las Consejerías competentes (?) aciertan cómo evitar el virus SARS-CoV-2, y que los niños aprendan “para el día de mañana”, no estaría de más que les inculcaran la lectura de El Quijote y de la Biblia, no los que adornan la estantería, que hay ediciones muy aptas para los “peques”.

El Quijote es la novela cumbre de la literatura universal y su lectura debía ser obligatoria en la escuela. Su autor, Cervantes, relata las andanzas de un pobre hidalgo manchego que ha perdido el norte leyendo libros de caballeros andantes. Al leerlo no solo atraen las aventuras de don Quijote y su fiel escudero Sancho Panza, el libro también apela a los grandes valores humanos, como son la libertad, el compañerismo, el amor, o la noble lucha ante la adversidad.

La Biblia la forman 73 libros, 46 del Antiguo Testamento y 27 del Nuevo Testamento. Está inspirada por el Espíritu Santo y su lectura es un privilegio porque se aprende cultura religiosa con un lenguaje accesible y fácil de entender. Es el Libro que más ha influido en nuestra civilización.

Leyendo la Biblia, o Sagrada Escritura, se pueden conocer las maravillas que encierra y ahondar en las raíces de nuestra cultura con argumentos sólidos para acallar a los que la interpretan de forma torticera o tomando el rábano por las hojas. Contra los que tachan al cristianismo de aguafiestas, la lectura de la Biblia es el mejor antídoto frente a la cristofobia que rodea el ambiente.

Muchos saben de Jesús Nazareno por las representaciones de la Semana Santa, cada vez más fiesta turística; del Niño Jesús, por la Navidad; y de los Reyes Magos por los regalos. Pero ignoran quienes fueron Noé, Abraham, Jacob, Moisés, el Faraón, Job, Daniel, Ester, Judit, Goliat, Salomón o Jeremías, personajes del Antiguo Testamento, o los del Nuevo Testamento como Juan el Bautista, Mateo, Herodes, Pedro y Juan, Pilato, María Magdalena, el Cirineo, la cananea, la viuda de Naín, Natanael o Pablo de Tarso, hombres y mujeres reales que fueron el germen o formaron parte de muchas generaciones que dieron origen a la humanidad. De ellos, algunos anduvieron por lugares conocidos como el Sinaí, Jericó, el lago Tiberiades, Cesárea de Filipo, Getsemaní, Belén, el rio Jordán o el mismo Jerusalén.

Los textos de la Biblia han influido en muchas obras maestras de la literatura. Los Salmos, el Cantar de los Cantares, El Libro de la Sabiduría, el Eclesiastés, el libro de Isaías, los Proverbios o las Cartas de San Pablo, han sido fuente de inspiración para el arte y la cultura de occidente. Quien lo niegue no sabe lo que se pierde.

Finalmente leer el Apocalipsis de San Juan, sin hacerlo con ánimo catastrofista, acerca a la Revelación hecha por Dios a los hombres de un futuro sólo por Él conocido.

martes, 15 de septiembre de 2020

AHORA RESULTA QUE LA DISCIPLINA ES CLAVE

La sociedad, que ha debilitado a los profesores hasta despojarlos de autoridad, lamenta ahora el comportamiento de los jóvenes.  

Dicen que si la noche de San Juan, que si las botellonas, que si las aglomeraciones en la playas... Los jóvenes son apuntados como los principales irresponsables en estos días que estamos a la que salta con los rebrotes. No se trata de criminalizar a ningún colectivo,… Los vídeos de desalojos de playas andaluzas y catalanas ofrecen imágenes nítidas de quiénes son los que se saltan las normas. ¿Algunos infelices esperaban otra cosa?

La sociedad que ha orillado a los profesores, protagonistas con pies de barro del sistema educativo, ha criado lo que ha criado en muchísimos casos. Los padres protectores, con obligación de suministrar las comodidades que ellos no tuvieron, que asumen el papel de proveedores de todo tipo de facilidades y fiestas a la mínima oportunidad, ¿qué esperaban? Si no han sabido decir que no,…ahora vamos a pedirles disciplina... ¿a quién?  

Si les hemos dicho que tenían derecho a todo y no debían sufrir por nada. Si exaltamos la calidad de vida, elogiamos el pelotazo y despreciamos el sacrificio, si transmitimos la idea de un éxito a cambio de lo mínimo. Si las autoridades han querido instalar un botellódromo hasta hace pocos años. ¿Ahora podemos exigir un comportamiento responsable a quiénes? La autoridad hace tiempo que está en crisis. No sólo la de los profesores, sino la de los médicos. Cualquier niñato tutea a una persona mayor, ni se levanta para ceder el sitio a un anciano. Hemos querido ser tan modernos, cercanos y campechanos que el buenismo ha arrastrado valores como el respeto, la disciplina y la moral, que son de cultivo largo.  

Ahora se extrañan de que las generaciones de jóvenes no respeten las mínimas medidas de cautela y se lancen a las playas como si no hubiera pasado nada. ¿Mascarillas? ¿Dos metros de distancia? Demasiadas exigencias. Luego llega el juez Emilio Calatayud, nos echa la bronca en cualquier entrevista y elogiamos lo bien que habla. "¡Tiene razón, hay qué ver cómo están algunos jóvenes!".

                                                     Carlos Navarro Antolín Diario de Sevilla Julio 2020

viernes, 7 de agosto de 2020

JUAN EL BAUTISTA

El evangelio del domingo 2 de agosto, (Ciclo A) (Mt.14, 13-21), empezaba así: «Al enterarse Jesús de la muerte de Juan Bautista, se marchó a un lugar desierto». Era normal que Jesús quisiera estar solo para orar al sentirse dolido por la muerte de quien le había precedido en su ministerio. Dios había mandado a Juan recorrer la región del Jordán a predicar un bautismo de conversión unido a señales de enmienda. Asumió el papel de precursor lanzando proclamas proféticas que dieran paso a una vida nueva, pero advirtiendo que el bautismo de agua no bastaba, no era el definitivo, pues el Mesías venidero bautizaría con Espiritu y fuego. El Espiritu divino sería una bendición para los arrepentidos y el fuego que no se apaga sería una maldición para los que no se arrepienten.
 
Los judíos pensaban que con la llegada del Mesías serían castigados los enemigos de Israel, pero Juan les hizo ver que Dios no distinguía entre judíos y paganos, ya que para Él todos eran iguales. Con estas y otras advertencias anunciaba la buena noticia, que no era otra que la inmediata venida del Mesías largo tiempo esperado.
 
Juan era hijo de Zacarías e Isabel. Nació en tiempos del emperador Octavio Augusto, siendo tetrarca de Galilea Herodes Antipas. Antes de ir al Jordán marchó en plan ermitaño al desierto de Judea donde predicó que ni era Elías ni el Mesías, solo era una voz que gritaba: «¡Enderezad los caminos del Señor!». El comienzo de su predicación se sitúa en el otoño del año 27.
 
Pronto mostró sus diferencias con los fariseos, los saduceos, -la clase dominante-, para quienes el bautismo era un rito sin más transcendencia, es decir sin propósito de enmienda. “¡Raza de víboras!”, les llamaba, para distinguirlos de los maltratados por las autoridades religiosas y los poderosos corruptos. Eso le granjeó lo que hoy llamaríamos una mala prensa, pero por su fortaleza de carácter no le debió importar mucho.
 
Sus enfrentamientos llegaron hasta el poder político. Herodes Antipas no se libró de una acusación de adulterio. Herodes estaba casado con una hija del rey de Arabia y estando en Roma conoció a Herodías, mujer de su hermanastro Herodes Filipo a la que propuso el matrimonio. La ambiciosa Herodías aceptó y se fue a convivir con Antipas. Esta convivencia motivó que Juan se lo echase en cara ,y la reacción de Herodes, instigado por Herodías, no se hizo esperar, hizo apresar a Juan y lo encerró en la cárcel. Juan acabó su misión preso en la fortaleza de Maqueronte, junto al mar Muerto, y la buena noticia que él anunciaba para la gente.
 
Jesús conoció el enfrentamiento de Juan con Herodes Antipas y su prisión. Estando en la cárcel a Juan le entraron dudas de las obras que hacía Jesús y mandó a sus discípulos a preguntarle si era o no el Mesías. Jesús no se anduvo con rodeos y los remitió a los milagros públicos que hacía, y aprovechó para culminar con dos sentencias: «Los pobres reciben la buena noticia»” y «¡Dichoso el que no se escandalice de Mí!». Una vez más Jesús aludió a los pobres que recibían su doctrina y llamó bienaventurados a quienes no se escandalizan de Él.
 
Cuando los enviados de Juan se marcharon, Jesús exaltó su figura: «No ha nacido de mujer ninguno más grande que Juan». Juan impartió un bautismo de remisión de los pecados entre la gente sencilla, sin nada a cambio, y sin la obligación de hacer una ofrenda en templo que costara dinero, como era corriente.
 
Herodías que nunca le perdonó su intromisión en su vida privada, soñaba con acabar con él. Aprovechando la fiesta del cumpleaños de Herodes consiguió que éste mandara decapitarlo como así fue. Sus discípulos se hicieron con el cuerpo, lo enterraron y fueron a contárselo a Jesús. Era el año 29.

lunes, 6 de julio de 2020

DE LA FINITUD A LA ESPERANZA


Sin preaviso todo nos ha cambiado. ¡La vida! Aunque hemos pretendido manejarla a nuestro antojo, nos ha bastado una infección para entender que la vida es un don gratuito. Pero, además, hemos de reconocer el milagro de esa vida integral, que es armonía con las cosas, con los demás y con la divinidad. Y es que Dios es la fuente de la vida, por ello, nuestra fe nos impulsa a pedir ese regalo, a vivir con gratitud ese don, a difundir con alegría la experiencia de vivir esa armonía.
 

Sin embargo, al llevar una vida apagada y rutinaria, vacilante y quebradiza, olvidamos el origen de nuestra vida y el destino que nos espera. Nuestros pensamientos y deseos se han visto enzarzados en proyectos que en muchos casos no han dado testimonio de la vida verdadera.
 

Todos los compromisos que hemos visto cancelados nos enseñan que no somos tan imprescindibles como creíamos. Este virus nos ha enseñado la fragilidad de la vida, que no somos indispensables, que todo lo que tenemos puede evadirse en cualquier momento y ante ello nos hemos visto necesitados de unirnos como personas, cuidarnos como humanidad, como comunidad, realizando ejercicios de cercanía y ternura. El virus nos ha recordado que no podemos vivir a solas, que nadie es una isla.
 

Quizás también esta crisis nos haga redescubrir lo que significa participar presencialmente en la liturgia comunitaria, recibir el sacramento de la reconciliación con Dios y celebrar activamente la eucaristía. Esta crisis es ciertamente una prueba que reforzará nuestros pasos por el camino de la fe.

         Aun cubriéndonos con la mascarilla, hemos dejado ver nuestro verdadero rostro. Hemos visto que nuestra pretendida autosuficiencia se desmorona ante el temor a la enfermedad y a la muerte. De hecho, hemos pensado que estábamos autorizados a vivir “como si Dios no existiera”, porque finalmente habíamos logrado desterrarlo y sustituirlo. Y el virus nos ha desvelado nuestra necedad. Así, antes de la pandemia hemos concedido un valor excesivo a una vida camuflada en el tener y el poder, que tanto nos ha ocupado y preocupado. Y ahora la amenaza del virus ha levantado en nuestra conciencia una llamada de atención.

         A tantos creyentes, el miedo al virus y sus dramáticas consecuencias nos ha recordado que no hay salvación sin un Salvador; porque, aunque los tiempos sean difíciles y ahora nos amenace esta pandemia, nuestra alma sigue esperando en el Señor y en su Palabra, porque solo de Él viene la salvación, y ese es nuestro hermoso canto a la esperanza. Y es que de pronto nos damos cuenta de algo que habíamos olvidado y que esta cuaresma tan singular, que nos mantiene confinados, nos revela: pasar del reconocimiento de nuestra finitud a la esperanza.

 
Jesús García Aiz
Diacono permanente

jueves, 4 de junio de 2020

MARIA Y EL ESPIRITU SANTO


Primero fue en la Encarnación. Rondaría los 15 años cuando el ángel Gabriel, enviado por Dios, se le presentó y, tras un corto saludo, le dijo: “Por la gracia de Dios, concebirás un hijo a quien llamarás Jesús”. La aturdida María preguntó y el ángel le aclaró que quedaría encinta por virtud del Espíritu de Dios: “El Espiritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra”. (Lc.1, 35). Así fue su primer encuentro con el Espiritu que culminó en la Encarnación. El Espiritu Santo quiso actuar junto a María para que de Ella naciera Jesús, el Hijo de Dios, y Ella aceptó de buen grado su voluntad: “Hágase en mí según tu palabra”, dijo.  

La fuerza creadora de Dios manifestada a través del Espiritu Santo, originó la concepción en el seno de María de un hijo que reinaría hasta el fin de los tiempos, y Ella se dejó guiar por el Espiritu en su misión maternal, recurriendo a Él para que el niño creciese en “sabiduría, en edad y en gracia ante Dios”.

Más tarde, en la presentación de Jesús en el templo, Simeón fue llevado e inspirado por el Espiritu Santo para encontrarse con Jesús y que pronunciase esta profecía: “Este niño será signo de contradicción y a ti una espada te traspasará al alma”. Con estas palabras en boca del anciano Simeón, Espíritu de Dios preparaba a María para la gran prueba que le esperaba.

Tiempo después Jesús fue crucificado, y Juan, testigo evangélico, dejó escrito que Jesús viendo a su Madre y al propio Juan al pie de la cruz, dijo: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” y dirigiéndose al discípulo dijo: “Ahí tienes a tu Madre”. En ese momento  María fue consciente de su Mediación en el misterio de la Redención, como Madre de todos los creyentes representados en Juan.

Jesús resucitó y a los cuarenta días ascendió al Cielo. Los que presenciaron la Ascensión volvieron a Jerusalén a la espera de la venida del Espiritu Santo, cuya efusión se produjo a los cincuenta días de la resurrección: “Estando todos reunidos se llenaron del Espíritu Santo y empezaron a hablar lenguas extranjeras contando maravillas de Dios”. (Hch.2, 1-8). Esta escena la analiza la monja española Sor María de Jesús de Ágreda en su libro «La Mística Ciudad de Dios publicado en 1670, una biografía espiritual de la Santísima Virgen, escrita respetando los textos bíblicos aunque con algunas matizaciones.

            Sor María de Jesús escribe: En compañía de la gran Reina del Cielo, perseveraban alegres los doce apóstoles, con los demás discípulos y fieles aguardando en el cenáculo la Promesa del Salvador. Estaban todos reunidos y todos conformes en la caridad, que en todos ellos aquellos días ninguno  de ellos  tuvo pensamiento, afecto contrario de los otros.
La Reina de los Ángeles, María Santísima con plenitud de sabiduría y gracia conoció el tiempo y la hora determinada por la Divina Voluntad para enviar el Espíritu Santo sobre el Colegio Apostólico. El día de Pentecostés por la mañana la prudentísima Reina previno  a los Apóstoles y a los demás discípulos y mujeres santas, que todas eran 120 personas, para que orasen y esperasen con mayor fervor, porque muy presto serían visitados de las alturas por el Divino Espíritu. Con las señales tan visibles y notorias que descendió el Espíritu Santo sobre los apóstales se conmovió toda la ciudad de Jerusalén, con sus moradores, admirados de la novedad nunca vista y corriendo la voz de lo que se había visto sobre la casa del cenáculo allá fue la multitud del pueblo para saber el suceso (Hch.2, 5-6).
           Los Sagrados Apóstoles, que con la plenitud de los dones del Espíritu Santo estaban inflamados de caridad, sabiendo que la ciudad de Jerusalén concurría a los puertas del cenáculo, pidieron licencia a su Reina y Maestra para salir a predicarlos porque tanta gracia no podía estar un punto ociosa, sin redundar en beneficio de las almas y nueva gloria del Autor.
El Espíritu que ya habitaba en María y había obrado en ella maravillas de gracia, volvió a su corazón con sus dones para el ejercicio de su maternidad espiritual. En  Pentecostés María vio colmada su ansia por el Espíritu de Dios, quedando compenetrada y transformada por El. En su vida mantuvo un cuerpo espiritual indestructible, dispuesto para su Asunción al cielo.
 
José Giménez Soria

sábado, 9 de mayo de 2020

DIOS ES NUESTRO ALIADO


"Dios participa en nuestro dolor
para vencerlo, es aliado nuestro, no del virus”

Tarde del 10 de abril de 2020, Viernes Santo; se recuerda la crucifixión y la muerte de Cristo. El papa Francisco preside la celebración de la Pasión en la Basílica de San Pedro, vacía, sin fieles a causa del coronavirus. La homilía corre a cargo de Raniero Cantalamessa, Predicador de la Casa Pontificia de la que son estos párrafos:
 
        «Este año leemos el relato de la Pasión con una pregunta en el corazón que se eleva por toda la tierra. Trataremos de captar la respuesta que la palabra de Dios le da. 
 
Hemos escuchado el relato del mal más grande jamás cometido en la tierra, y lo vemos desde dos perspectivas: o por sus causas o por sus efectos. Si por las causas de la muerte de Cristo, estaremos tentados a decir como Pilato: «Soy inocente de la sangre de este hombre» (Mt 27,24). La cruz se comprende mejor por sus efectos. ¿Cuáles han sido los efectos de la muerte de Cristo?. “¡Justificados por la fe en Él, reconciliados y en paz con Dios, llenos de la esperanza de una vida eterna!” (Rom.5, 1-5)
 
Pero hay un efecto particular. La cruz de Cristo ha cambiado el sentido del dolor y del sufrimiento físico y moral humano. Ya no es un castigo, una maldición. Ha sido redimida en raíz desde que el Hijo de Dios la ha tomado sobre sí. La prueba de que la bebida no está envenenada, es si el que la ofrece bebe de la misma copa. Así lo ha hecho Dios: en la cruz ha bebido, ante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces.
 

Y no sólo de quien tiene fe, sino de todo el dolor humano. Él murió por todos. «Cuando yo sea levantado sobre la tierra —dijo—, atraeré a todos a mí» (Jn 12,32). ¡Todos, no sólo algunos! Gracias a la cruz de Cristo, el sufrimiento se ha convertido en una especie de «sacramento universal de salvación» para el género humano.
 

¿Qué luz que arroja esto sobre el drama que está viviendo la humanidad? Miremos los efectos. No sólo los negativos, también los positivos que una atenta observación nos ayuda a captar. La pandemia del coronavirus nos ha despertado del peligro mayor de los individuos y la humanidad: el del delirio de omnipotencia. Ha bastado un pequeño virus para recordarnos que somos mortales, que la potencia militar y la tecnología no bastan para salvarnos. «El hombre en la prosperidad no comprende —dice el salmo—, es como los animales que perecen» (Sal 48,21). ¡Qué verdad es! 
No nos engañemos. ¡Dios es aliado nuestro, no del virus! «Tengo proyectos de paz, no de aflicción», nos dice él mismo (Jer 29,11). Si este flagelo fuese castigo de Dios, no se explicaría por qué se abate igual sobre buenos y malos, y por qué los pobres son los que más sufren sus consecuencias. ¿Son ellos más pecadores que otros?
 
¡No! El que lloró un día por la muerte de Lázaro llora hoy por el flagelo que ha caído sobre la humanidad. Sí, Dios "sufre", como cada padre y cada madre. Algún día nos avergonzaremos de todas las acusaciones que hicimos contra él en la vida. Dios participa en nuestro dolor para vencerlo.
 
¿Acaso Dios Padre ha querido la muerte de su Hijo, para sacar un bien de ella? No, solo ha permitido que la libertad humana siguiera su curso, haciendo que sirviera a su plan, no al de los hombres. Esto vale también para los males naturales como los terremotos y las pestes. Ha dado a la naturaleza una especie de libertad, diferente, sin duda, de la libertad moral del hombre. Libertad de evolucionar según sus leyes de desarrollo. No ha creado un mundo programado con antelación de movimientos suyos. Es lo que algunos llaman la casualidad, y la Biblia, llama «sabiduría de Dios».  
Otro fruto positivo de esta crisis sanitaria es la solidaridad. ¿Cuándo, en la memoria humana, los pueblos de todas las naciones se sintieron tan unidos, tan iguales, como en este momento de dolor? El virus no conoce fronteras. Ha derribado todas las barreras y las distinciones: de raza, de religión, de censo, de poder. No debemos volver atrás cuando este momento haya pasado. Como nos ha exhortado  el Santo Padre no hay que desaprovechar la ocasión. Que tanto dolor, tantos muertos, tanto compromiso heroico por parte de los agentes sanitarios, no haya sido en vano.  
Dios dice qué lo primero que debemos hacer ahora es gritar a Dios, y pone en labios de los hombres las palabras que hay que gritarle, son palabras duras, de llanto y casi de acusación. «¡Levántate, Señor, ven en nuestra ayuda! ¡Sálvanos por tu misericordia! […] ¡Despierta, no nos rechaces para siempre!» (Sal 44,24.27). «Señor, ¿no te importa que perezcamos?» (Mc 4,38). Nuestra oración no puede cambiar los planes de Dios, pero hay cosas que nos concede como fruto de su gracia y de nuestra oración. «Pedid y recibiréis, -dijo Jesús-, llamad y se os abrirá» (Mt 7,7).
 
         Cuando, en el desierto, los judíos eran mordidos por serpientes venenosas, Dios ordenó a Moisés que levantara en un estandarte una serpiente de bronce, y quien lo miraba no moría. De este símbolo Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del hombre, para que todo aquel que cree en él tenga vida eterna» (Jn.3,14-15). Ahora nosotros somos mordidos por una «serpiente» venenosa invisible. Miremos al que fue «levantado» en la cruz. Adorémoslo por nosotros y por todo el género humano. Quien lo mira con fe no muere. Y si muere, será para entrar en la vida eterna. "Después de tres días resucitaré", predijo Jesús (Mt. 9, 31). Nosotros también, después de estos días que esperamos sean cortos, nos levantaremos y saldremos de nuestros hogares, para volver a una vida nueva, como Jesús. Una vida más fraterna, más humana. ¡Más cristiana!»
 

José Giménez Soria

viernes, 10 de abril de 2020

EL VELO DEL TEMPLO


“Era ya como la hora sexta, y vinieron las tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora nona, porque se oscureció el sol. El velo del templo se rasgó por medio”. (Lc. 23, 44-45). Las tinieblas y el velo significan el duelo universal por la muerte de Jesús.
 

En la cima del monte había tres palos verticales dispuestos para crucificar. Jesús fue colgado del palo central y dos malhechores uno a cada lado. En lo alto de la cruz de Cristo se podía leer el título de su condena, INRI.
 

El evangelista Mateo enfatiza más el momento de la muerte: “El velo del templo se rasgó de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron y las tumbas se abrieron”. El profeta Amós había anunciado que “ese día se pondrá el sol a mediodía y se oscurecerá la tierra”.
 

¿Qué es el velo del templo? En el cuarto año del reinado de Salomón, éste comenzó a construir el templo del Señor. Tenía treinta metros de largo, diez de ancho y quince de alto. Se emplearon piedras entalladas y su artesonado se recubrió de cedro. Dios le dijo: «Por este templo que estas construyendo y si caminas según mis leyes y cumples todos mis preceptos, cumpliré contigo la promesa que hice a tu padre David. Habitaré en medio de los israelitas y no abandonaré a mi pueblo, Israel».
 

El templo tenía dos partes: el lugar Santo, con el altar del incienso, una mesa y el candelabro de siete brazos; y el lugar Santísimo, separado de aquel por un velo o cortina bordada, donde Salomón hizo colocar el Arca de la Alianza cuyo interior contenía las dos tablas de piedra puestas por Moisés en el Horeb cuando Dios hizo la alianza con los israelitas al salir de Egipto. En el centro únicamente había una gran piedra sobre la que el Sumo sacerdote ponía el incensario el Día de la Expiación.
 

El libro del Éxodo describe las instrucciones de Dios a Moises sobre el velo: “Harás un velo de púrpura violeta, roja y escarlata, y lino fino retorcido, y bordarás en él unos querubines. Lo colgarás de cuatro columnas de acacia, revestidas de oro, provistas de ganchos de oro y de sus cuatro basas de plata. Colgarás el velo debajo de los broches; y allí, detrás del velo, colocarás el Arca del Testimonio. El velo servirá para separar el Santo del lugar Santísimo” (Ex 26 31.33).
 

Jesús inclinó la cabeza hacia el hombro, la corona de espinas se incrustó más en la sien, y expiró. Su rostro quedó relajado. La rotura del velo del templo simboliza la apertura del camino hacia Dios inaugurando la esperanza de entrar en su santuario en virtud de la sangre derramada por Jesús. Él entró en el santuario una vez para siempre con su propia sangre consiguiendo la redención eterna. Al atravesar el velo roto con su muerte, todos tenemos acceso a la salvación realizando el rito de expiación una sola vez de modo definitivo.

José Gimenez Soria

miércoles, 8 de abril de 2020

TE ECHO DE MENOS, JESÚS


Los que creen que la Iglesia es un servicio esencial lo expresa con acierto el autor de un artículo de este título, algunos de cuyos párrafos son estos:
 

«Quiero escribir de lo duro que es no poder estar en el Gólgota. No poder acompañar a Jesús. No poder recibirle. El cristiano no tiene miedo a la muerte. Pero sí a la forma de morir. Los enfermos, ancianos y moribundos, salvo excepciones privilegiadas, están solos y privados de los últimos sacramentos.
 

Soy un sencillo fiel. No tengo Teología. Hablo sin querer criticar. Solo plasmar lo que siento. Te echo de menos Jesús.
 

Puedo ir a comprar la comida que perece, con las debidas medidas de seguridad, pero no puedo ir al Gólgota. Ni te puedo recibir. Esa es la Comida que verdaderamente necesito. La que no se marchita y de verdad me transforma.
 
No puedo ir a contarte Señor mis pecados para que me los perdonesA darme el baño que de verdad me limpia. A escuchar eso de lo malo que pueda sufrir sea remedio de mis pecados y prenda de vida eterna, incluso aunque sea un virus.
 

Entiendo las medidas decretadas por las autoridades. Pero me duelen tanto Señor. ¿Por qué? ¿No cabe racionalizar el uso de las Iglesias? No serían muchos los fieles que acudirían, que podrían adoptar las medidas necesarias para la prevención. ¿No sería posible celebrar este próximo Triduo Pascual con pueblo? Con el número razonable y siguiendo todas las medidas de prevención, pero con pueblo.
 

Los sacramentos son el canal privilegiado para recibir la gracia. Claro que Dios puede hacer lo que quiera. Podrá, digo yo, dispensar su gracia como le venga en gana. A una la hizo Inmaculada. Pero precisamente lo que quiso es que los sacramentos fueran el medio por el que recibir su gracia, la vida divina. Y ahora no los tenemos.
 

Qué mundo más triste. Parece el escenario pensado idealmente por un laicista.

Por eso quisiera dar las gracias a tantos sacerdotes que se están desviviendo para ayudar a sus fieles. A los que llevan la Comunión. A los que confiesan. A los que nos bendicen desde los tejados. Especialmente a los que han sacrificado su salud y sus vidas. Dios se lo premiará, estoy seguro.
 

Estamos aplaudiendo a los que de forma elogiable se están desviviendo por todos en sus puestos de trabajo en los hospitales. Ojalá pudiera salir al balcón también a ver pasar a Jesús sacramentado bendiciendo nuestras calles, nuestra ciudad».
 

Autor: José Castro Velarde
Presidente de la Asociación Enraizados

Comentario: Es un texto propio de quién está muy enamorado del Señor y de la Virgen. Es e
ntrañable su relación con Jesús y verdadero lo que los católicos estamos viviendo estos días.

Miércoles Santo. 8 de abril de 2020

 

jueves, 12 de marzo de 2020

FE Y CORONAVIRUS

No olvidemos que Dios existe. Y escucha. Y ampara. Y perdona. Pero hay que pedírselo. Hay que rezar y tener fe. Dios no está encerrado en su trono de Gloria; está ahí cerca, en el altar del Sagrario. “Llamad y se os abrirá”, dijo Cristo Jesús más de una vez. Nos dio confianza: Todo lo que contribuya a la vida del hombre, no solo el alimento, será concedido por Dios Padre, vino a decir.
 
        Nos invade el desasosiego por el dichoso virus. Queremos que pase rápido sin dejar un triste rastro a su paso. Pero en medio de tantas buenas intenciones, de tanto temor, ¿nos hemos acordado de elevar una petición de clemencia a Dios Padre? ¡Al que escucha, ampara y perdona! ¿No? pues hay que pedírselo. Y hacerlo con fe,  siendo conscientes y con disponibilidad para recibir sus dones. Él no nos pedirá nada a cambio. Le basta dialogar con Él con una oración.  


Cuenta en Génesis que Dios se apareció a Abrahán junto a la encina de Mambré, mientras estaba sentado a la puerta de la tienda. Alzó la vista y vio tres hombres, fue su encuentro, se postró en tierra y dijo: «Dios mío no pases de largo junto a tu siervo». Luego de comer y de descansar los hombres se levantaron y miraron hacia Sodoma. Abrahán fue a despedirlos. Dios pensó: «¿Puedo ocultarle a Abrahán lo que voy a hacer? El clamor contra Sodoma y Gomorra es fuerte y su pecado es grave». Abrahán en pie ante Dios le dijo «¿Es que vas a destruir al inocente con el culpable? Si hay cincuenta inocentes en la ciudad, ¿los destruirás y no perdonarás el lugar por los cincuenta inocentes? ¡La suerte del inocente va a ser como la del culpable! El juez de toda la tierra, ¿no hará justicia?». Dios contestó: «Si encuentro en Sodoma cincuenta inocentes, perdonaré a toda la ciudad en atención a ellos». Abrahán respondió: «¡Me he atrevido a hablarte, yo que soy polvo y ceniza! Y si faltan cinco para el número de cincuenta inocentes, ¿destruirás, por cinco, toda la ciudad?». Respondió Dios: «No la destruiré, si es que encuentro allí cuarenta y cinco». Abrahán insistió: «Quizá no se encuentren más que cuarenta». Él dijo: «En atención a los cuarenta, no lo haré». Abrahán siguió hablando: «Que no se enfade mi Dios si sigo hablando. ¿Y si se encuentran treinta?». Él contestó: «No lo haré, si encuentro allí treinta». Insistió Abrahán: «Ya que me he atrevido a hablar a mi Dios, ¿y si se encuentran allí veinte?». Respondió Dios: «En atención a los veinte, no la destruiré». Abrahán continuó: «Que no se enfade mi Dios si hablo una vez más: ¿Y si se encuentran diez?». Él contestó: «En atención a los diez, no la destruiré». Cuando terminó de hablar con Abrahán, Dios se fue; y Abrahán volvió a su lugar.
 
          Abrahán intercedió a Dios por los inocentes de Sodoma. Abrahán dialogó con Dios que lo escuchó, no cedió a la incredulidad sino que creyó y dio gloria a Dios porque estaba persuadido de que atendía sus suplicas. Vamos con ello.
 
Frente a la propagación de coronavirus, monseñor Stanislaw Gadecki, presidente de la Conferencia Episcopal de Polonia ha pedido a los sacerdotes que celebren más Misas los domingos a fin de disminuir el número de fieles por misa y evitar la masa de personas. Polonia confirma 22 casos de personas con Covid-19.
 
José Gimenez Soria

sábado, 29 de febrero de 2020

EN LA MUERTE DE UN HERMANO COFRADE


La Semana Santa, un don de Dios.
 

Se estaban cerrando las puertas de la Cuaresma y en unos pocos días se echaría a la calle el Santo de los Santos, Jesús Nazareno cargado con la Cruz, caminante por plazas y calles en procesión de Penitencia rodeado de penitentes que compartían su sufrimiento. Cerca del trono de la Sagrada Imagen marcharía don José Rodríguez Jiménez, Hermano Honorario de la Cofradía, un titulo recién otorgado por los cofrades “moraos” que se hizo patente en la ceremonia celebrada días antes, el 7 de marzo de 2010, primero del Quinario, en el Altar Mayor de Santa María y acogido por las manos protectoras y misericordiosas de Jesús Nazareno.
 

Va para diez años de aquella memorable fecha que ahora recordamos con hondo pesar, porque nuestro Ilustre Hermano Honorario la benevolencia del Dios Altísimo le ha conferido el don divino de su bendición: le ha llamado para subir el último tramo del Monte Sión confortándole con las sabias palabras de Moisés: “En Él está tu vida, así como la prolongación de tus días” (Dt. 30,20).
 

En aquella ocasión los hermanos de la Cofradía concedieron un titulo honorifico a un cofrade, “morao desde que recibió las aguas del Santo Bautismo”, según él decía; practicante de confesión cristiana en el sentir y en actuar, persona de gran virtud, que durante lustros nunca desmayó en su continuado servicio a la Cofradía, en su tesón por mantener su legado y por su profunda y filial devoción a Cristo Nazareno con la Cruz y en el Santo Sepulcro.
 

En el ceremonial de acogida el Hermano Mayor Pedro J. García Sánchez lo recibió con estas palabras: «Para los “moraos”, sin la menor duda, su ejemplo de Vida de servicio es una enseñanza que nos orientará por el camino de los valores cristianos, para procurar que nada nos arranque la fe que nos une a Cristo en una Iglesia joven. Esto nos lleva a distinguirle con este reconocimiento que le hago en nombre de todos los cofrades moraos a los pies de Nuestro Padre Jesús Nazareno, a quien pido su Bendición para usted y su familia»
 

De don José Rodríguez cabe decir que dedicó toda su vida a su familia, a la Justicia y a una inmensa devoción a Jesús Nazareno. A los cofrades inculcó gran sabiduría cristiana, como fruto de su altura intelectual y de sus conocimientos religiosos. Sirva de ejemplo la catequesis magistral impartida al recibir la distinción de Hermano Honorario. Comenzó por cómo se formó nazareno para elogiar el valor de la Semana Santa y las procesiones: «Quien les habla nació nazareno y se formó en el seno de una familia consagrada durante generaciones a cultivar la devoción al Divino Redentor y a servir a la Hermandad que lleva su nombre en variadas circunstancias y avatares históricos, siempre con la modestia y plenitud de nuestras posibilidades pero impulsados por la sinceridad de nuestros sentimientos; los principios aprendidos en escuela tan inolvidable, conllevan que haya tenido y tenga el honor de sentirme nazareno, lo que acrecienta vuestro gesto, por cuanto significa mantener encendida la luz de la fe que profeso, la que aprendí de mis mayores.
 

La Semana Santa constituye un don de Dios, tesoro de la Iglesia, que despierta sentimientos dormidos y aviva rescoldos inextinguibles. La palabra, la conversión, la penitencia, la gracia, la conmemoración en los templos de la Cena del Señor, de su pasión y muerte, la adoración de la Cruz Gloriosa, llevan al creyente al hecho más importante de la vida de la Iglesia y de la historia de la Humanidad.
 

Los desfiles procesionales, desde la laboriosa y compleja preparación que requieren, y la manifestación de arte y religiosidad popular, al servicio de la fe, -contemplación bella, tronos e imágenes de religiosa inspiración, orfebrería, vestuario e insignias, faroles, candelabros y tulipas que lucen las noches santas; aromas y colores que emanan incienso, cera, flores y armonía de música y sentimientos íntimos de fieles y penitentes-, transforman calles y plazas en templos vivos, expresión de piedad profunda, catequesis evangelizadora, reflejo de unos hechos históricos, la vida y doctrina de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios, Salvador y Redentor del mundo, que nos llama a su encuentro e invita a aceptar el mensaje del Reino de Dios que proclama el Evangelio, mensaje de amor, misericordia, paz, esperanza y salvación».
 
«De mi niñez –continuó-recuerdo a Jesús con la toalla ceñida en la procesión de la noche del Jueves Santo, antes institución de la Eucaristía y Sacerdocio que presagian el drama inminente de la angustia, el abandono, la pasión y muerte del Justo. De mis tiempos de adolescencia y juventud, Jesús con la cruz a cuestas camino del Calvario en la mañana esplendorosa del Viernes Santo, que hacía brillar las escenas de la Pasión y Muerte del Señor y enciende los corazones de cuantos sentimos la Semana Santa como símbolo de vida y esperanza. Ahora, con los nuevos horarios, nuestro Padre Jesús ilumina, no solo la noche incomparable y misteriosa del Viernes Santo albojenses, sino el sentido y razón de ser de todas las cosas: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Hijo único para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”»
 

Metido de lleno en el misterio de la Redención y en la herencia legada por Cristo, dijo: «El sacrificio en la cruz del Cordero Inmaculado abre la inteligencia ante el plan salvífico de Dios, que redime por amor a toda la humanidad. En su esencia y motivación encuentran sentido todas las cosas y cada uno de los acontecimientos históricos sometidos a reflexión en estos días santos». Sobre la herencia Eucarística anotó, «“Prodigio excelso”, misterio y profusión de la entrega amorosa de Dios, presencia real en las especies de pan y vino, renovación diaria de su sacrificio ante el altar, lección permanente e impagable de amor», y del Sacerdocio apuntó: «Es respuesta positiva a la llamada de Dios, renuncia abnegada, dedicación absoluta al ministerio sacerdotal, a la Iglesia y a las necesidades de los demás. En palabras del Santo Padre. “La misión del sacerdote es ser mediador, puente que conecta dos realidades aparentemente muy separadas: así lleva al hombre a Dios, a su redención, a la verdadera luz, a la verdadera vida”. Por ello, por la ayuda que nos prestan y por el bien que hacen, en el presente año sacerdotal les rindo, complacido, homenaje de oración, afecto, respeto, apoyo, honor y reconocimiento, en la persona del venerable sacerdote que tan dignamente nos preside». Y un tercer apunte sobre el amor fraterno: «Mandamiento nuevo del amor fraterno, del amor sin límites, que nos identifica con el mismo Jesucristo, al que debemos buscar en nuestros semejantes, en los más débiles, pobres y necesitados, en materia y en espíritu. De ello se nos examinará al final como exigencia de la fe que profesamos, cimentada en la Resurrección del Señor que anuncia el Evangelio en su plenitud».
 

No olvidó el papel corredentor de la Santísima Virgen: «Siempre con María, madre de la Redención, nueva donación de Cristo crucificado a la Iglesia y a todos los hombres, junto a la Cruz, asociada a la obra redentora, presente en el dolor, de pie, fuerte y firme ante el abatimiento, conforme con la voluntad de Dios, en Jesucristo su Hijo. La compañía esperanzada y consoladora de la madre, las nobles vivencias del alma durante los días de Semana Santa, la procesión del Santo Sepulcro, la indescriptible manifestación de la religiosidad popular de los albojenses, nos animan y preparan para celebrar gozosos la gran Vigilia Pascual y las fiestas de la Resurrección gloriosa de Jesucristo, las más solemnes, alegres y relevantes de la Iglesia y de todos los creyentes, como base esencial y razón de ser de la fe que profesamos».
 

Y para remate una reflexión sobre actitudes cofrades: «La sociedad actual suscita motivos fundados de inquietud y preocupación; ello nos impulsa a despertar los valores evangélicos que tenemos confiados y a ofrecerlos de manera atractiva a los demás. Resulta pues necesario, además de perfeccionar las manifestaciones de culto externo, fomentar la colaboración con la Iglesia en la que nos insertamos sin limitarla a estas festividades, sino extendiéndolas a todo el año. La participación en la vida de la Iglesia, dejan a nuestra reflexión la importancia de llenar de contenido religioso, espiritual y social, las tareas dirigidas al servicio de Dios y del hombre».
 

Finalizó reiterando su expresión de gratitud, especialmente, a Nuestro Padre Jesús Nazareno que movió “la grandeza de alma de quienes me han otorgado el preciado título de Hermano Honorario de la Cofradía”. Como colofón miró hacia su Sagrada  Imagen y elevó su canto: “¡Gloria y honor a ti. Ven Señor Jesús!”.
 
        Don José Rodríguez Jiménez falleció el día 22 de febrero a la edad de 93 años en Murcia, habiendo recibido los Santos Sacramentos y la bendición apostólica de Su Santidad. Rogamos una oración a Nuestro Padre Jesús Nazareno para que acoja su alma en su gran misericordia.
 

jueves, 13 de febrero de 2020

CARTEL DE SEMANA SANTA 2020 ALBOX


Atardecía en Jerusalén cuando el Señor con sus doce elegidos celebraban la fiesta de Pascua. En un momento «El Señor se levantó de la mesa, se quitó el manto, tomó un paño, echó agua en un balde y se puso a lavar los pies a sus discípulos» Este momento lo traslada la Cofradía de Jesús Nazareno a la procesión de la noche del Martes Santo y es el que anuncia el cartel de la Semana Santa de 2020 presentado por los cofrades Doña Ana Pérez Parra y Don Pedro Jesús García Sánchez el sábado 8 de febrero en la iglesia parroquial de Santa María.

Se trata de una pintura en tonos pastel, cuya autora doña María de los Ángeles Pérez Parra, en posesión del Certificado de Profesionalidad en Obras de Artesanía y Restauración, glorifica a Jesús Nazareno con su túnica blanca en su Advocación del Lavatorio, del que dice San Pablo «tomó la condición de esclavo», y que la autora del cartel le da forma artística con palabras del Papa Benedicto XVI: El Señor, «se despoja de su esplendor divino, se arrodilla ante nosotros, lava y enjuga nuestros pies para hacernos dignos de participar en el banquete de Dios». Destacan las manos de la Imagen que mantienen el lienzo que le acredita en su condición de “Dios servidor”.
 
 

jueves, 9 de enero de 2020

DIOS Y EL MAL EN EL MUNDO

Reflexión desde la fe

         Muchas personas, incluso cristianos, no encuentran la manera de entrelazar ambos conceptos. En su incapacidad se atreven a prejuzgar a Dios… no lo hace bien, no es justo. ¿Cómo puede Dios permitir el mal que existe en el mundo?

          Dios es la suma de la perfección…, la infinitud saboreada en amor. El hombre, rechazó el proyecto divino desde su origen. Se antepuso a Dios y se encontró con la cruda realidad: incapaz de realizar “su proyecto al margen de Dios”, quedó instalado en el sufrimiento, en el dolor, en el mal, contagiando a todas las creaturas. Tuvo conciencia de su indignidad cuando sus obras desembocaban en el pecado. No sólo ofendía a Dios, sino que de espaldas a su creador, erraba, quedaba frustrado...  Se percató de que estaba condenado; sólo podía alumbrarse, con la esperanza.

Para que el hombre, que fue creado libre, pudiera retornar a Dios, su Hijo, a través de María, ¡se hizo hombre! Al encarnarse Jesús, el Cristo, de la misma naturaleza que el hombre, pero sin mal y sin pecado, nos redimió, dejó su Palabra y trazó un camino para que el hombre, con las capacidades que Dios le donó, trascienda a la verdad y llegue a la vida eterna.  Así queda restaurado el plan de Dios.
 
Dios pues no es autor del mal, pero haciéndose hombre sufrió sus consecuencias bajando al escenario del mal, a las tinieblas donde se encontraba.
 
¿Se puede argüir a Dios que por qué existe el mal frente a él, en el que se incrusta cualquier criatura cuando le da la espalda, ofendiéndole…?:

          1.- Dios es la infinita perfección, la santidad., el amor. Es un acto eterno de sabiduría infinita. Es una sola esencia-divinidad, en tres realidades distintas. El eterno e infinito ente. Fuera de él no hay nada.

           2.- Si sale de sí hacia fuera, es para trasladar a criaturas, potencia de su semejanza, hijos adoptivos, el disfrute de lo que él se es en la infinitud de su capacidad sin principio y eternamente de por sí. No son Dios, solo participan de su divinidad.

3.- Dios tiene, se posee, todos los atributos, y en infinitud. Su justicia pues, es también infinita, como su amor y poder.
 
4.- Se cumple eternamente su voluntad, su palabra: El plan que elaboró para el hombre, que sea la herencia para todo aquél que le reciba como padre, santificando su nombre con sus obras, las que son dignas de su filiación.

Evidentemente el plan de Dios no es que sea irreprochable, sino que es santo, es perfecto, obra de la infinitud de su sabiduría, poder y amor; derramándose sobre el hombre como un todo, en luz, en vida y en eternidad. Creímos hacerlo imposible los hombres, por el mal uso de nuestra libertad, por el pecado; pero se mantiene por que la palabra de Dios se cumple y su poder es omnímodo, absoluto, aunque tuvo que hacerse hombre para redimirnos, dejarnos su Palabra, y establecer su camino, de vida y de verdad.
 
Ahora estamos convocados a un camino en luz, a peregrinar hacia el encuentro del padre celestial para tomar posesión de lo que tiene programado desde toda la eternidad. El Señor solo pide seguir su camino, que su evangelio active la caridad, que imitemos su amor realizando en la tierra, en la medida de la capacidad y de las gracias recibidas, el mismo misterio de unidad al que, en su reino, nos convoca.
 
Gerardo Nieto
Profesor de Derecho Civil, UCM, sacerdote
                                                                                  Extracto del artículo publicado en AFDA. Octubre 2019