Emaús era una aldea situada a unos sesenta estadios (11 kilómetros) el noroeste de Jerusalén, a donde se dirigían dos discípulos de Jesús comentando lo sucedido en Jerusalén.
Era el primer día de la semana y los dos discípulos, impresionados, caminaban discutiendo por lo ocurrido con Jesús de Nazaret, a quien tenían por “un profeta poderoso”. Mientras discutían, se les unió otro caminante, que se interesó por lo que hablaban. Uno de ellos, llamado Cleofás, respondió: “Vienes de Jerusalén, ¿y no te has enterado de lo que ha ocurrido?”.
Pese a ser sus discípulos, prevalecía su idea de que Mesías era el salvador de Israel, no de toda la humanidad y por eso la muerte de Jesús les tenía decepcionados. Advirtiéndolo Jesús les explicó lo que estaba escrito en las Escrituras y añadió: “¿No era necesario que el Mesías padeciera para entrar en su gloria?”.
Declinaba el día, y reconfortados con la lección, le rogaron que se quedase en Emaús y compartiera la mesa. Lo reconocieron cuando bendijo el pan, lo partió y lo repartió entre ellos. Se le abrieron los ojos, anota san Lucas, y recordando lo que habían dicho las mujeres, creyeron que era Jesús Resucitado.
Si al principio, dice el evangelista, “sus ojos estaban cerrados”, la revelación de Jesús al partir el pan, símbolo de la Eucaristía, instituida como sacramento unas horas antes en la última cena, le hizo exclamar “¿No ardía nuestro corazón cuando nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?”.
El infortunio de
los discípulos de Emaús es similar al de muchos cristianos de ahora. A algunos
la fe les entra en crisis por no sentir la cercanía de Jesús. En este caso se
puede dialogar con Él y se puede compartir el pan de la Eucaristía. En la Eucaristía se encuentra
la fuerza para luchar contra las dificultades de la vida. “Me enseñarás el
sendero de la vida, tu presencia me saciará de gozo”, dice el salmo. Jesús
caminó con los dos de Emaús para enderezar su extravío.