Fue obediente hasta la muere, y muerte de Cruz
El mensaje de Jesús va avanzando, martilleando, como quien dice.
Semana a semana golpea y golpea en el mismo sitio, para que quede firmemente
clavado en nuestra memoria. De esta manera se va formando correctamente nuestra
conciencia, y entendemos mejor lo que significa ser cristiano.
Hemos ido revisando, en estas últimas semanas, lo relativo a la
corrección fraterna y el perdón al hermano, para pasar luego a estudiar la
forma original que tiene Dios de llevar la contabilidad, muy generosa, con
aquello de que los últimos serán los primeros. Y si hemos asimilado eso, para
que no nos aburramos, hoy la Palabra nos da otra vuelta de tuerca.
Es una buena pregunta la que hace Jesús. ¿Quién de los dos hizo lo que
quería el padre? Dos hijos, los dos, en principio, más o menos normales, viven en
la casa del padre, trabajan con él… “Buena gente”, se podría decir. Uno de los
dos, quiere complacer, pero no hace. El otro, más “díscolo”, protesta, pero
recapacita. Así somos algunas veces. Rápidos en decir, en hablar, pero más
lentos en concretar.
En el mundo se dice: El que la hace, la paga. Y así
es. Para eso tenemos el Derecho Penal. Delinques, y tienes que cumplir la pena
correspondiente al delito cometido, después de un juicio justo. Pero incluso en
este campo, después de algunos años, hay derecho a que te borren los
antecedentes penales. Borrón y cuenta nueva, como suele decirse. Nosotros, sin
embargo, tenemos una gran memoria para las ofensas. Quién me dijo qué y cuándo, aunque
fuera hace muchos años. Es la capacidad de juzgar, de conservar memoria de
elefante para las ofensas. Menos mal que Dios no es como nosotros.
Seguro que el padre de esta parábola no se quedó mucho tiempo
pensando en la negativa del primer hijo. Se fijó en que hizo lo que le pidió, y
ya está. No le anduvo echando en cara que fuera tan voluble. Y casi seguro que
al segundo también le dio otra oportunidad. Es lo que tienen los padres buenos.
Como nuestro Dios. Ve en lo profundo del corazón de cada uno.
La semana pasada se nos dijo también que los últimos serán los
primeros. Ya eso lo tuvimos que asimilar. Sobre todo, los que nos sentimos
“primeros”. Hoy, además, se nos dice que los publicanos y las
prostitutas os llevan la delantera en el camino del reino de Dios. Me
imagino cómo le sonaría esto a los contemporáneos de Jesús. Incluso hoy suena
raro. Acostumbrados a juzgar, dividimos entre buenos y malos, los nuestros y
los otros, los míos y los ajenos. Según nuestra lógica.
Y de nuevo la Palabra nos recuerda qué es lo importante. No decir,
sino hacer. No sólo hay que decir que creemos, sino hacer lo que decimos. Eso
lo entendieron bien aquellos que estaban fuera de la sociedad, en tiempos de
Jesús. Todo los que acompañaron a Mateo en el banquete que dio por su
conversión. Todos los que sintieron su perdón, como la prostituta que regó con
lágrimas los pies de Jesús, o Zaqueo, jefe de publicanos y ladrón, o los
enfermos, marginados por su condición de pecadores… Esos que no se sintieron
juzgados, sino aceptados, perdonados. Con una segunda oportunidad.
A veces nos pasa que le echamos la culpa a los demás, pensamos que
nosotros somos los que lo hacemos bien y los otros están equivocados. Como le
decían al amo de la viña de la semana pasada, que hacía el bien sin mirar a
quién. Ezequiel, en la primera lectura, les llama la atención a sus paisanos
sobre esto: “¿Es injusto mi proceder? ¿O no es vuestro proceder el que es
injusto? Cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere… Y
cuando el malvado se convierte… él mismo salva su vida”. En el
fondo, de las injusticias y de los errores no tiene la culpa Dios, sino, muchas
veces, nosotros mismos, que nos apartamos de Él con nuestros bloqueos y
nuestros corazones endurecidos. En nuestras manos, en nuestras acciones está el
cambiar de actitud, el no sentirnos tan autosuficientes y poner nuestra
confianza en Dios, que es Padre y nos quiere.
San Pablo, en la segunda lectura, propone a los cristianos de
Filipos que sean testimonio de vida ante sus paisanos por sus actitudes y que
tomen como ejemplo a Jesús, que renunció a sus derechos para compartir la
condición humana con todas las consecuencias. No se trata de hacer moralinas
apoyadas en principios filosóficos o religiosos, sino de vivir de acuerdo con
nuestra fe en Jesús, que es a quien seguimos, y actuar como Él lo hizo con las
personas con las que trató.
Hubo mucha gente que recapacitó, después de oír a Jesús. Tras
escuchar a Pablo y a los Apóstoles. A muchos santos. Mucha gente que, primero
dijo no, pero luego se arrepintió. Ojalá nosotros seamos de esos. Ojalá seamos
capaces de pensar siempre qué es lo que querría Jesús que hiciéramos. Porque
hemos escuchado su mensaje, y es un mensaje de liberación. Aunque el primer
impulso sea decir “no”.
Cristóbal Berbel Martínez
Profesor Jubilado