El Templo de Salomón o Templo de Jerusalén, estaba situado sobre el monte Moira en la parte oriental de Jerusalén, y según la tradición, en el mismo lugar donde Abraham llevó a Isaac para sacrificarlo. Su construcción, de forma rectangular, duró varias décadas y la inició Herodes el Grande hacia el 20 a. de C.
El Templo tenía dos partes: el lugar Santo, con el altar del incienso, una mesa y el candelabro de siete brazos, y el Santísimo, separado por un velo o cortina bordada y con una gran piedra sobre la que el Sumo sacerdote ponía el incensario el Día de la Expiación. No tenía muebles, ni imágenes porque lo prohibía el Decálogo.
Diariamente los sacerdotes servidores del Templo, ofrecían un holocausto en favor del pueblo, sacrificando un cordero de menos de un año, y la quema de incienso, música y oraciones.
En el Templo se celebraba la Pascua y Pentecostés. La Pascua recordaba la liberación del pueblo de Israel de la esclavitud de Egipto y Pentecostés, cincuenta días después de la Pascua, conmemoraba la Ley de Moisés y se ofrecía la siega. El Día de la Expiación, que era de ayuno; los Tabernáculos, que recordaba la protección de Dios a Israel en el desierto, y la Dedicación, cerraban el ciclo anual.
Para cumplir la Ley de Moisés, José y María, llevaron al Niño Jesús al Templo para ser consagrado a Yahvé. También la Ley les obligaba a acudir al Templo en las fiestas de Pascua, Pentecostés y Tabernáculos, y solían ir cada año. Años más tarde en la fiesta de Pascua, Jesús encontró el Templo lleno de vendedores a los que expulsó porque la estancia era sitio de oración, dedicada al culto divino y no lugar de bullicio y de mercado.
El Templo tenía treinta metros de
largo, diez de ancho y quince de alto. Se emplearon piedras entalladas en la
misma cantera y recubrió su artesonado de cedro. El Señor dijo a Salomón: «Por este templo que estas construyendo y si
caminas según mis leyes y cumples todos mis preceptos, cumpliré contigo la
promesa que hice a tu padre David. Habitaré en medio de los israelitas y no
abandonaré a mi pueblo, Israel».
Una vez terminado, Salomón convocó a los ancianos de Israel, a los jefes de las tribus y de las familias israelitas para llevar el arca de la alianza del Señor, desde Sión, la ciudad de David. Los sacerdotes llevaron el arca de la alianza al lugar Santísimo del Templo. En el arca solo había las dos tablas de piedra que había puesto Moisés en el monte Horeb cuando el Señor hizo la alianza con los israelitas a su salida de Egipto.
Salomón amó a muchas mujeres extranjeras, de las naciones que el Señor había dicho a los israelitas: «No os unáis con ellas en matrimonio, pues inclinarán vuestro corazón hacia sus dioses». Salomón no fue fiel al Señor, como su padre David e irritó al Dios de Israel: «Puesto que no has guardado mi alianza ni mis preceptos, te quitaré el reino y lo daré a uno de tus servidores. Sin embargo, en atención a tu padre David, no lo haré en tus días: se lo quitaré a tu hijo, no el reino entero, le dejaré una tribu y Jerusalén, la ciudad que elegí».
Cuando Jesús estuvo colgado de la Cruz, dijo: “Todo está consumado” y entregó su vida por el rescate de la humanidad, “el velo del Templo se rasgó en dos partes, la tierra tembló y se partieron las rocas”. El Templo no se dañó, pero Dios abrió la entrada a todos los hombres al lugar Santísimo para dar paso libre a través de su Hijo.
El Templo fue arrasado por las legiones de Tito hacia el 70 d.C. lo que aumentó la gran animadversión de los judíos hacia el poder romano.
José Giménez Soria